…nunca es para siempre – Capítulo 6


“… te amo…”

Desperté tumbado sobre el fresco césped, bajo la sombra del viejo roble de la colina. Conocía perfectamente este lugar… Aquí había venido a entrenar, con mi abuelo… Y después con mi nieta e hijos. Muchos picnics se habían llevado a cabo aquí, por no mencionar ciertas concepciones…

Suspiré. No hay nada más doloroso que recordar tiempos felices en la desgracia. Era increíble que de todo Chikkyu, Enma me devolviera precisamente a este sitio. Es como si quisiera restregarme en la cara todo lo que tuve y he perdido…

“¡Te FELICITO!” exclamé, sin moverme de mi sitio, cual cádaver inánime. “¡Lo estás logrando, ENMA!”

Llevé mis manos temblorosas al rostro, pensando en cómo había actuado desde que Gohan me diera la fatal noticia. Definitivamente no había dado mi mejor cara… bueno, hoy ciertamente no era el mejor de mis días… Una vez mi primogénito hizo una investigación sobre los efectos de la exposición a la violencia a largo plazo. Los resultados arrojaron que demasiada violencia dizque podía insensibilizar a la gente… Cuánto deseé que eso fuera verdad…

“Ya no quiero sentir. Ya no quiero pensa-ar…” gemí, temblando de pies a cabeza. Y sin poder aplazar lo inevitable, lloré por segunda vez en mi vida… Lloré con todo el dolor que jamás había sentido, porque en la primer ocasión había sido solo un niño, un chiquillo feliz de ver nuevamente a su abuelo fallecido… Pero ahora… Ahora era un hombre, un guerrero que por más veces que pudiera salvar a su planeta azul y todo el Universo, no podía regresar a la vida a la mujer que más amaba…

No. Ella no sólo era la ‘mujer’. Por trillado que se oiga, Chichi era mi vida, la mitad de mi ser. Lo que el Cielo una vez me había destinado, y lo que el mismo cielo me había quitado. Mas… nunca es para siempre…

Quién lo iba decir, cuando fui tan feliz pensando en ella esta mañana… que tendría un fin, que así son las cosas. Por primera vez en toda mi existencia, me sentí derrotado. Realmente vencido. Había hecho todo lo que estaba a mi alcance, hasta ofrecido mi estúpida vida, ¿y para qué? No había podido verla una vez más. Necesitaba abrazarla urgentemente, oler sus cabellos, cualquier cosa con tal de acallar mi pena. Para desaparecer este horrendo sentimiento de culpa que me consumía por dentro…

Si tan sólo… si tan sólo nunca me hubiera ido de casa… jamás la habría ‘visitado’, ni embarazado, ni matado– Mi mente se detuvo, autocensurándose por la aberración que acababa de pensar. No… no podía culpar a la vida, a la que siempre he defendido como lo que es, como un milagro que no se pide ni se niega…

 

“Ahora tienes una hija de quién preocuparte. Ella necesita un padre.”

 

Calmé considerablemente mis sollozos, tratando con desesperación de respirar pausadamente, en paz. En todo mi sufrimiento, me había olvidado completamente de la niña que había tenido que crecer en la orfandad, sin merecerlo. Me había olvidado de esa pequeña e inesperada prueba de nuestro amor, del último testimonio del pasar de Chichi por la faz de la Tierra…

El roble cambió repentinamente su sombra, agitado por la brisa vespertina. Abrí mis ojos, todavía enrojecidos por el llanto… y ahí estaba ella, como si la hubiera invocado con el pensamiento. Por un momento creí a ver a Chichi asomándose por esos inocentes ojos negros…

“Oi… ya… ¿ya te sientes mejor?”

Yo no dije nada. La chiquilla saltó desde la rama más alta, donde seguramente había estado oculta todo ese tiempo. “Todos te están buscando… hasta Goten-oniichan, que aquí entre nos, es bastante flojo…”, comentó, sentándose a mi lado.

Siguiendo su ejemplo, me apoyé débilmente en mis manos hasta que mi cuerpo recuperó su equilibrio y pude doblar una pierna, a la que rodeé con mis brazos, posando mi mentón en la rodilla. Al ver que no decía nada, Ku-chan se acercó y tocó mi frente. Yo alcé una ceja, extrañado con dicho gesto, tan familiar. Tan idéntico a su… madre…

“No tienes fiebre…”, concluyó ella, con el tono que usaría Gohan en un diagnóstico. “¿Qué, te comió la lengua Tammu?” Tuve que respirar larga y profundamente, antes de poder articular respuesta. “N-no… Ku-chan…”

Jo…”, resopló, colocando sus pequeñas manos en lo que dentro de algunos años más serían las caderas. “Ya te dijeron mi estupendo mote, ¿neh? Pues me llamo Chiku. C-h-i-k-u. Así me puso mi mamá… claro, antes de que se fuera al cielo…”

“Oh… gomen nasai…”, me disculpé, sin poder dejar de pensar en lo MUCHO que se parecía a mi niña… Y por primera vez en este día, me permití una ligera sonrisa. Chichi y yo solíamos decirnos así, niño y niña, en la intimidad… Quizás porque nos habíamos conocido a tan tierna edad…

“Bah, no importa…”, contestó Chiku, posiblemente pregúntandose qué me habría hecho sonreír. “Okaasan murió cuando nací, así que no la conocí. Pero Gohan-oniichan y Goten-oniichan siempre me dicen lo mucho que me parezco a ella y a papá…”

Yo giré mi rostro hacia ella, escuchándola con renovado interés. “¿Tu… papá?”

“Síp. Dicen que está de viaje… pero yo sé que volverá por mí algún día”, declaró valientemente. “Y si no vuelve, me iré volando de aquí a buscarlo y decirle lo mucho que lo quie–”

No pudo seguir hablando, apretujada como estaba contra mi pecho. La abracé con todas mis fuerzas, como si quisiera ver en ella al dulce ángel que una vez conociera en Frypan Yama. Con la diferencia de que esta niña, a pesar de tener el mismo cuerpecito menudo y los mismos largos mechones de cabello enmarcando su rostro, tenía la sangre saiyajin heredada por mí corriendo por sus venas. No necesitábamos palabras para establecer el lazo que ya nos unía…

“¿O-tousan?”, exhaló ella al soltarla, con sus ojitos negros muy abiertos. “¿Eres tú…?”

“Hai”. Y en menos de lo que me imaginaba, me encontré desahogando mis penas con ella, como si nos conociéramos de toda la vida. Chiku me escuchó con infinita paciencia, de la misma forma que haría una madre con su hijo y no al revés, como en nuestra situación. Pero eso no me importaba, al igual que no comprendiera ni una sola de las cosas que le decía… Que si el dios extraterrestre, que si el pequeño bol flotante en el firmamento, que si el gigantón con sombrero de cuernos tras el escritorio más grande que él… Que yo había volado mucho, mucho, buscando a su okaasan y no la había encontrado…

La chiquilla me sonrió, esta vez con misterio. “Una vez alguien me dijo…” Tomó una de mis manos, que lucía gigantesca en comparación a las suyas. “Que el amor nunca se va. Que permanece aquí”, –señaló, posándola sobre su pecho plano.

“Donde siempre.”

Mi corazón se paralizó al igual que mi lengua, sin poder articular mi voz. Esta niña… mi hija… había parafraseado lo que yo dijera a Chichi aquél día, hace 6 años… No podía ser…

“Más cerca de lo que te imaginas, Son Gokú…”

Mis sentidos iniciaron una batalla sin cuartel contra la lógica, tratando de descifrar el acertijo que veía frente a mí. Una parte de mí creía estar ya bajo los efectos de la locura, producto de mi pérdida… Pero es que esas palabras, esos gestos… no podían ser meras coincidencias, meros rasgos hereditarios… Mis ojos desorbitados recorrieron su inocente rostro, milímetro por milímetro. No podía ser… ¡Chichi!

“…más cerca de lo que ella hubiera deseado…”

Y como para echar más leña a mi creciente paranoia, Chiku agitó mi melena, sonriente. “¿Qué pasa, mi niño?”

Mi niño. ¡Mi niño!

Es imposible. Sólo las almas del infierno son reencarnadas. Las que van al paraíso descansan eternamente…

“¡Ya sé!”, exclamó ella, haciendo sus propias conjeturas sobre mí. “¡Seguro tienes hambre!”

Claro que… ahí estaba el ejemplo de Uub. En realidad, él no debía haber reencarnado tan pronto… Pero si yo pude pedirle ese favor a Enma-sama, supongo que Chichi… también.

Y de golpe, cayó la invisible venda alrededor de mis ojos, permitiéndome ver la realidad. Repentinamente comprendí la gran sabiduría del destino, por mucho que me negara a aceptarlo… Lo trascendental de cada mínimo acto, su perfecta sincronización con la eternidad. Porqué de todos los saiyajin fui yo el único enviado a la Tierra, porqué crecí para protegerla. Porqué conocí a Chichi. Porqué nuestras almas se complementaron con tal precisión, a pesar de casarnos sin conocernos. Porqué tantos años de fidelidad, cuando pudo rehacer su vida al lado de un hombre más normal… porqué la intensidad de nuestro lazo. Lo comprendí todo.

Todo.

Porque siempre habíamos sido –y seríamos– almas gemelas, hasta el fin de los tiempos. Éramos una de las escasas parejas en el universo marcadas a estar siempre juntas, a pesar de los obstáculos, de la vida y la muerte, las épocas y las distancias, las razas y los credos… Mujer y hombre, humano y saiya, princesa y guerrero…

Ahora todo tenía sentido. Chichi me lo había prometido… Que siempre habría alguien aguardando pacientemente a mi regreso en Paozu Yama. Había fallecido, sí… pero no había dudado en pedir su boleto de regreso, aunque fuera en la hija que tantas veces soñó, posiblemente el ser más dulce y puro donde pudiese reencarnar…

Chiku acercó una de sus manitas a mi mejilla, secando una de mis lágrimas. “Y’osh, ya no llores…”

“H-hai…”, murmuré, pronunciando palabra al fin. No me había dado cuenta de mi llanto…

Ella siguió hablando, más consigo misma que conmigo, pero de todas formas la escuché. “Antes, cuando pensaba en mamá y en ti, me gustaba mirar de noche por la ventana. Pan-chan siempre me regañaba, diciendo que no la dejaba dormir… Así que, cuando cerraba los ojos, yo me venía volando hasta acá, a conversar con este viejo árbol gris–” susurró, señalando el roble que ya merecía el título Son por derecho. “Siempre le hablaba… de mi gran soledad. Tengo dos hermanos. Y una sobrina que más bien me trata como si yo lo fuera. Y una tía. Pero nada de eso se compara con tenerte aquí, conmigo.”

Con su voz infantil, tumbó por tierra cualquier duda que pudiera tener sobre su identidad. Definitivamente era ella… Sólo eso podía explicar porqué jamás sentí nuestro lazo quebrantarse… Porque realmente nunca se había ido. Y ahora, después de tanto esperar, mi alma gemela por fin tenía la oportunidad de vivir la vida que siempre deseó… a mi lado.

A su corta edad, ya podía vislumbrar en su mirada la pasión por las peleas, su corazón guerrero. Si Pan había mostrado esos fantásticos poderes siendo sólamente ¼ saiyajin, ¿qué no podía esperar de mi propia hija? Podía sentirlo, sonreí, hinchando mi pecho de orgullo. Mi niña tenía un gran potencial…

Y jamás volvería a sentirse sola, aguardando pacientemente al pie de la ventana. Porque en mí siempre tendría a un compañero de juegos, a un amigo, a un maestro, a un padre… Todo lo que pudiera darle de mí, hasta el resto de mis días. Después de todo, Chichi y yo podríamos cumplir nuestro pacto, reflexioné, mientras cargaba a Chiku sobre mis hombros y me encaminaba lentamente a casa, en lo que empezaba a oscurecer. Nunca se es demasiado tarde para volver a empezar, ni para reencontrarnos…

Quizás en otras vidas…

Quizás en otras muertes.

 

F I N


Nota importante: Son Chiku es un personaje ficticio concebido originalmente por Ayame. La autora es sólo responsable de diseñar su personalidad y situación en este fanfiction.