…nunca es para siempre – Capítulo 5


 

Y seis años después, volví. Sí, volví al lugar que me vió crecer, al lugar donde aprendí a amar… pero Chichi se había ido. Para siempre.

¡No puedo aceptarlo! ¡Yo siempre cumplo mis promesas! ¡Juré que pasaría el resto de mis días con ella, y así lo haría…! Desesperado, aceleré mi vuelo hacia el Tenkai, el templo de Kamisama. Si Dios no podía darme una respuesta a este dolor, ¿quién…?

Desde la orilla, alcancé a ver Dende, quien parecía haber anticipado mi llegada. Claro, como él puede verlo todo desde arriba… Sin rodeos, le hice mi pregunta. “¿Por qué?”

El joven namek me miró con tristeza. “Lo mismo me preguntan millones de humanos a diario, Gokú-san… y sigo sin saberlo.”

Hmph. Sólo a mí se me ocurría razonar con un crío al que yo mismo había traído desde otra galaxia… “No me refería a eso. Lo que quiero saber es porque nadie, ni siquiera tú, me lo comunicó antes.”

“Son.”, dijo Piccolo, su voz resonando entre las blancas columnas del edificio. “Tu mujer así lo quiso. Además, nosotros no podíamos ir a donde tú estabas–”

“¿Y eso qué? ¡Ustedes son especiales! Pueden crear esferas que conceden deseos, curar heridas, reparar ropas… ¿y no pudieron decirme NADA? ¿No pudieron salvar a mi esposa?”, les reclamé, a punto de perder la poca paciencia que me quedaba. Ambos me miraron, impresionados. Jamás me habían visto tan perdido, tan desolado en mis siete vidas…

“A todos nos llega la hora. Y algún día, también llegará a ti, Gokú-san. Entonces podrás reunirte con ella…”

Mis ojos se entrecerraron, tratando de soportar las lágrimas que pugnaban por salir… pero no quería sucumbir al llanto. No ahora. Porque más que pena, me embargaba un odio terrible… hacia mi ser. Hasta la última de mis células maldecía ahora mi sangre saiyajin, mi constante caza de retos, mi incierto ir y venir entre la vida y la muerte, mi todo. Porque por mi ceguera, por mis absurdos caprichos ya no podría volver a escuchar su risa, revolver sus cabellos negros…

“Además”, agregó el ex-rey demonio, “Ahora tienes una hija de quién preocuparte. Ella necesita un padre.”

Levanté quedamente mi mirada, nivelándola con la del antiguo sensei de mi hijo, mientras sus palabras se filtraban sin impureza alguna en mi interior. De sobra sabía que tenía razón… el sabio de Piccolo. Siempre ahí, cuidando nuestra casa. Pero mi corazón nunca ha seguido razones…

“Hai. Tengo una hija. Y una nieta. Y dos hijos. ¡Pero también tengo una ESPOSAAA!”, grité, haciendo temblar el Tenkai. “¡¿ME OYES, ENMA?!”, resoplé furioso, mirando el cielo arriba de nosotros. “¡LA QUIERO DE VUELTA!”

“Por favor, señor Gokú… no se altere…” balbuceó Dende, tratando de colocar su mano en mi hombro. Pero sus milagrosas virtudes jamás podrían curar mis heridas… Piccolo lo detuvo, resignado. “Déjalo, Kami. Déjalo hacer el tonto, si quiere. Después de todo, él siempre logra salirse con la suya…”

Yo asentí, agradeciendo de antemano su buen augurio. “Así será…”

 

Desafiando las fronteras del cielo y la tierra, volé como ícaro hacia el sol, sin mirar atrás. Soporté el escozor en mi piel, la radiación en mis ojos. Nada de eso era comparable al infierno que sentía por dentro…

De pronto, sentí un golpe hueco, y caí aturdido. Minutos después, recuperé la conciencia. Me encontré frente al mismísimo escritorio de Enma, rodeado de cientos de almas que esperaban impacientemente a ser juzgadas y enviadas a sus descansos eternos.

“Son Gokú.”, pronunció él, con su voz gruesa, sin molestarse siquiera en revisar el Libro de los Muertos. “Habíamos quedado en que no volvería a verte por aquí hasta tu muerte definitiva.”

Vaya. Otra promesa sin cumplir. “Lo siento, Enma… sama“, añadí, no queriendo caer de su gracia tan pronto. “Es que… Necesito entrar al paraíso. Debo ver a mi mujer.”

“¿Entrar? ¿Otra vez? Bien sabes que los vivos tienen prohibida la entrada allí. Y aún así, te dejé entrar hace unos años, a que entrenaras con ese Ubú, Uba o como se llame…”, suspiró el gigante, secando su frente. “Ya no más privilegios, Son Gokú. Es non-natura.”

“¡Pero DEBO ENTRAR! ¡Siempre me has dejado, y cuando más lo necesito, no PUEDO! ¡TE LO SUPLICO!”

“He dicho que no. Tu lugar está en Chikkyu. No me obligues a mandarte de vuelta, saiyajin. Regresa.”

“¡Pero… pero… pero…!” Miré a mi alrededor, buscando apoyo en las almas del lugar… pero todas bajaron sus inexpresivos rostros, en total mutis. Finalmente, hallé la solución. Descabellada, sí, pero solución al fin…

“Conque no podemos romper las reglas, ¿neh…?” Sonreí triunfalmente, irradiando una pequeña esfera de energía en mi dedo índice y acercándolo a mi sien. “Bien. Entonces ve anotando la fecha de mi muerte, Enma-sama. Ahora.

“N-no puedo hacer eso, Son Gokú…”

“¡Vamos! ¡He sacrificado mi vida antes! ¡Y puedo hacerlo de nuevo!”, le aseguré, acercando más mi dedo. Mis ojos querían llorar nuevamente, esta vez por la fuerte luz que los azotaba… pero aún así, no cedí. Enma-sama me miró más apesadumbrado que de costumbre tras sus gafas negras. “No soy nadie para impedírtelo… pero si lo haces, jamás podrás reunirte con tu esposa.”

Yo abrí la boca, completamente estupefacto. El haz de luz en mi mano se desvaneció, como mis esperanzas. “¿Qué?”

“Los suicidas no pueden entrar al Paraíso. Son almas en pena, y el protocolo marca estrictamente que deben pasar por el Purgatorio… y luego al Infierno.”

Nno…“, gemí, cayendo de rodillas al suelo. “No es justo… ¡No es JUSTO!” De reojo me pareció ver algunos Onis mirándome compasivamente, queriendo pronunciar alguna palabra para acallar mi dolor. Pero nada podría lograrlo… y yo seguía sin poder ver a mi esposa… a mi Chichi…

Enma leyó mi mente, como buen guardián del Cielo. “No hace falta. Aunque te dejara entrar, no la hallarías ahí…”

“¿Qué?” Levanté mi cara, acongojado. Acaso… ¿acaso la habían rechazado en el paraíso? ¡Imposible!” ¿Entonces dónde está ahora?”

“Más cerca de lo que te imaginas, Son Gokú… más cerca de lo que ella hubiera deseado…”

Y con esas palabras, todo empezó a desvanecerse a mi alrededor. Me estaban regresando a la Tierra…


Partí esa misma mañana, tras probar por última ocasión la deliciosa comida de mi mujer. Ninguno dijo nada durante el almuerzo; nunca hemos sido buenos para las despedidas… Bueno, nunca habíamos tenido una oficial…

Me hubiera quedado más tiempo; en serio me hubiera gustado. Pero habría sido difícil enfrentar al resto de mi familia, explicarles el acuerdo al que habíamos llegado Chichi y yo… Era mejor que nunca supieran de mi breve y única visita. Ella sonrió con tristeza, acompañándome a la puerta. “Te echaré de menos…”

“Igualmente.”, respondí yo, con un nudo en la garganta. Sin poder contenerme, la estreché con fuerza, y besé sus labios apasionadamente, con ansiedad, como si muy en el fondo presintiera que tendrían que pasar siglos antes de volver a verla… Lo mismo hizo ella, rodeando mi cuello con sus delgados brazos. Mi eterna penélope.

Finalmente nos separamos. Chichi volteó, no queriendo mostrar su dolor. “No hagamos esto más difícil de lo que es, Gokú-sa… Vete ya. No quiero que me recuerdes así, llorando…”

Ella no lo sabía, pero yo también pensaba lo mismo. Ambos permanecimos de espaldas por unos instantes que me parecieron una eternidad. Entonces llevé dos dedos a mi frente y me desvanecí. Pero antes de que mi espíritu abandonara definitivamente Paozu Yama y se materializara con mi cuerpo en una lejana isla del sur, alcancé a escuchar su voz por última vez…

“T-te a-amo… y t-te es-perare-é…”

“Chichi…” pronuncié quedamente, mientras veía a mi discípulo acercarse. “Yo también…”