…nunca es para siempre – Capítulo 4


¿Mi hija? ¿Chichi y yo habíamos tenido una hija? Eso quería decir que… hace seis años… “¿CÓMO? ¿Por qué nadie me lo había dicho antes?” balbuceé yo, todavía aturdido con la noticia. ¡Una hija!

“¿Cómo te lo íbamos a decir, si te perdimos la pista desde que te marchaste?”, me reclamó Goten. “Anda, ¡vete otros diez años! ¡A ver si cuando regreses, todavía encuentras a un Son por aquí!”

“Basta”, lo amonestó su hermano, con firmeza. “Ambos prometimos no alterarnos cuando llegara este momento, ¿neh?”

“¡Pero es que no es justo, Gohan! ¡La criará un rato y luego se irá a entrenar con el primer monstruo reencarnado que halle, siempre lo mismo! ¡Chiku no merece eso!”, siseó él, lanzando una dura mirada en mi dirección. Yo bajé la mía, tratando de evadir sus ojos como dagas. “Hijo, yo…”

“¡Calla! Ella no merece eso…” repitió quedamente él, con lágrimas en los ojos. “¡No se lo deseo a nadie…!” Y dejó escapar su ki, disponiéndose a partir. “Adiós. Lamento haber venido… no tengo nada que hacer en Paozu Yama”

“¡Goten…!” exclamé, sin poder detenerlo. Lo vi desaparecer por el cielo hasta que se convirtió en un punto distante… Tan distante como nosotros, después de diez largos años. La historia se repetía ante mis ojos incrédulos, en un impasible déjavú. Gohan posó una mano sobre mi hombro, pero no hice intento alguno por voltear. En mi interior se empezaba a formar un terrible vacío… y no quería, no me atrevía a preguntar porqué…

“Papá… ¿podemos hablar ahora?”

Contuve el aliento. “Dónde… ¿dónde está Chichi?”

Silencio. Después: “Entremos a la casa, por favor…”

“Gohan.” Finalmente volteé a encararlo; el sol del mediodía se reflejaba en sus gafas metálicas. Algo que había heredado de su abuelo materno. “Dime.”

Él bajó la vista. “Poco… poco después de que te fuiste… hace seis años… –recalcó, refiriéndose a mi única visita en todo este tiempo– ella dejó de mencionarte. Nos sorprendimos, porque siempre hablaba de lo mucho que te extrañaba… y luego empezó a sentirse mal. Goten y yo temimos lo peor, pero tras un chequeo descubrimos… bueno, tú ya sabes…”

Yo asentí, con un nudo en la garganta. ¿Por qué tenía que hablar de ella en tiempo pasado…?

“Mamá… sólo nos dijo que habías venido unas semanas atrás, cuando todos andábamos festejando el cumpleaños de Bra-chan en West Capital. Ella no asistió, alegando como siempre que detestaba ir sola… y que tal vez, tú podrías volver y no encontrarías a nadie en casa. Nosotros mejor ni le insistimos, ya ves…”, rió suavemente él, con ojos tristes. “Pero cuánta razón tenía…”

Y todo siguió igual. Nosotros quisimos ir a avisarte, pero ella se negó. Dijo que tú volverías cuando así lo consideraras necesario, que no eras un niño pequeño al que tuviéramos que andar aporreando…” Yo bajé por enésima vez la mirada, y él prosiguió. “Respetamos su silencio durante esos nueve meses, hasta la llegada de Chiku…”

Un par de lágrimas surcaron su varonil rostro, pero su voz no se quebró. “Pero entonces… Hubo complicaciones en el parto… Y-yo hice todo lo que pude por ellas… pero no fue suficiente. Sólo sobrevivió nuestra hermana.”

Yo abrí los ojos de par en par, sintiendo mi corazón hundirse hasta los pies. “¿Qué…? ¿¡Pero por qué no me lo–?!”

Por primera vez en su vida él me calló, alzando imperceptiblemente su tono de voz. “Lo intentamos, ¿sabes? Muchas veces. Pero tú y Uub parecían haberse esfumado de la Tierra. Fuimos hasta con Dende, y él nos dijo que te lo habías llevado a entrenar al espacio exterior. Y de ahí, quién sabe a dónde más…”

“Así que decidimos cumplir el último favor que nos pidió mamá. Hasta el día de hoy.”

Con un suspiro, mi primogénito fijó sus ojos, esos ojos de azabache tan idénticos a los de Chichi, en los míos. “No te molestes con Goten… ni conmigo. Estos años no han sido nada fáciles para nosotros… pero al fin has regresado.” Yo sacudí la cabeza, tratando de coordinar mis sentidos… y fallando miserablemente. Todo ese autocontrol del que secretamente siempre me había enorgullecido, me había abandonado. “N-no… no puede ser… Chichi…

Papá…” Musitó Gohan, seguro reviviendo la amarga experiencia con su madre tras la batalla vs Cell, conmigo… A diferencia de que él jamás me ha visto –ni me verá– llorar. Dudaba en ofrecerme un abrazo, pude leerlo en su expresión. Pero acabé con su indecisión, apartándome de él con una sonrisa temblorosa. “T-tú no lo entiendes, hijo… ¡YO debo hablar con ELLA!”

Él parpadeó. “Pero papá… sabes bien que no podemos usar las dragonballs. Mamá murió de forma natural…”

“¡¿NATURAL?! ¡Me importa un CARAJO, GOHAN!”, grité, desgarrando mi garganta. “¡Y la veré, aunque tenga que ir al OTRO MUNDO!”

Y sin decir más, despegué el vuelo, dejando a mi hijo atónito en casa. O lo que hasta hacía unos minutos todavía consideraba mi casa


La oscuridad lentamente nos abandonó, al igual que el calor de nuestros cuerpos, todavía entrelazados. Hacía tanto tiempo que no sentía esa calma, esa paz tras la tormenta que siempre me inunda cuando estoy con Chichi… Y por su dulce expresión al dormir, deduje que ella también…

Todavía somnoliento, retiré su cabello enmarañado de mi cara. Y no porque me estorbara, al contrario; siempre me ha entretenido ordenar cada hebra en su lugar… Es tan suave… No como el mío, que da la eterna impresión de haber recibido unos cuantos electroshocks. Pero si a ella no le disgusta… qué le vamos a hacer.

Y me dispuse a cumplir mi labor, mientras mi mirada se recreaba en el contorno de sus finos hombros, su blanca espalda… Lo cual hacía difícil contener los deseos de alborotar su melena una y mil veces más… Sacudiendo de mi mente tales ‘locuras’ matutinas, me levanté a regañadientes de la cama a tomar una rápida ducha fría, pensando en que ella seguiría profundamente dormida, dada su condición…

Cuán equivocado estaba…

Al salir del baño, ví mi gi –antes tirado en el suelo–, perfectamente doblado sobre la cama ya tendida. Mi mujer estaba peinándose, sobre la sillita del tocador. Al verme por el espejo, sonrió. “Vaya. Primera vez que te levantas antes que yo, Goku-sa…”

“Hai…” reí, contemplándola totalmente extasiado. Oh, no… quizás tendría que ducharme de nuevo… pensé paranoicamente, riendo una vez más. Algo en ella la hacía lucir diferente, especial esa mañana… qué iba yo a saber. Mujeres…

Para no hacerles largo el cuento, me vestí y le pregunté qué íbamos a desayunar. Ella guardó el cepillo en su respectivo cajón, y se sentó vacilante a un lado de nuestra kingsize, indicándome que hiciera lo mismo. “Antes… quisiera que habláramos…”

Yo obedecí como el niño bueno al que ella siempre está acostumbrada a mandar y sonreí, preguntándole qué ocurría. Chichi tomó una de mis manos entre las suyas. “Goku-sa… ¿me amas?”

“¡Claro!” respondí prontamente, alzando una ceja. “¿Por qué lo preguntas?”

“Porque necesito saberlo… porque necesito que me lo digas muchas veces, a toda hora… no cada decenio.” Su voz tembló, pero su mirada se fijó valientemente en la mía. “Porque te necesito aquí, conmigo.”

“Estoy contigo, ahora…” murmuré, acariciando su mejilla con la otra mano. “¿Qué más quieres?”

“Mejor pregúntame qué no quiero. No quiero angustiarme más, preguntándole a Kamisama si estarás bien, si tienes dónde refugiarte, qué comer… No quiero que me miren compasivamente cuando me preguntan si soy viuda o divorciada, y explicarle a todo el mundo que mi marido… anda entrenando por ahí, sin que me lo crean. No quiero ser yo la que tenga que contar tus aventuras a nuestros nietos, tú podrías hacerlo mejor. No quiero sentirme sola sin necesidad de estarlo. No quiero… esperarte una noche más junto a esa ventana.”, señaló, apretando mi mano como para no dejarme ir. Cosa que yo no tenía intención de hacer… al menos por unos días…

“Pero Chichi… mujer… yo debo seguir entrenando a Uub…se lo he prometido…”

“Entonces… ¿te importa más ese chiquillo que yo? ¿Que tu propia familia?”

Yo fruncí el ceño, ofendido. “¡Por supuesto que no, Chichi! ¿Por quién me tomas? ¡Sabes que siempre estaré apoyándolos, que siempre pienso en ustedes, que vendré a visitarlos cuando pueda!”, exclamé, imprimiendo toda la sinceridad del mundo en mis palabras. Porque así era. Pero ella meneó la cabeza, sin aceptarlo. “Primero fue lo de tu hermano… luego lo de ese monstruo genético… ahora él, ¿y después quién, Goku? ¡Ya estoy cansada de guardarte luto en vida! ¡HARTA, ME OYES!”

“Chichi…” Instintivamente la rodeé con mis brazos, para confortarla de su incipiente llanto. Pero ella me detuvo a empujones, soltando mi mano. “¡No me toques! Si tanto quieres estar lejos de mí, ¡VETE!” gritó, sin importarle si me dejaba sordo esta vez. “¡ANDA! ¡Cúmplele tu promesa, al fin y al cabo la nuestra te importa un CARAJO!”

“Mujer…” balbuceé yo, buscando sus manos. “No digas eso, yo te a–”

“No me digas ‘te amo’ cuando no lo sientes, Son Goku.”, siseó ella, fulminante. “Ni siquiera lo intentes. Ya muchas veces me has convencido con el clásico ‘Te amo, querida, volveré pronto’… ¡Maldición!” Resopló, reprimiendo un sollozo. “Me lo has dicho tantas veces que ya perdió su entonación… ¿adónde fue a parar todo lo que dijiste? ¿Adónde?”

“A ningún lado.”, le aseguré, colocando su mano sobre mi pecho, junto al corazón. “Sigue aquí, donde siempre.”

En sus ojos ví brillar momentáneamente la esperanza. “Entonces… ¿te quedarás con nosotros, en Paozu Yama?”. Al verme bajar la cabeza, ella comprendió. “Siempre lo mismo, Goku. Quisiera poder amarrarte a mi lado, pero sé lo mucho que valoras tus retos…” Me dedicó una dulce sonrisa entre su rostro surcado de lágrimas, y murmuró en voz baja las palabras más difíciles que pronunciara jamás. “En fin. Ya no quiero que sólo seas un retrato para tu familia, una visita ocasional en nuestra casa. Ya no más. Por favor, no me ilusiones… no vuelvas si no es para quedarte.”

Mi cuerpo se tensó inmediatamente. “Me… ¿me estás pidiendo el divorcio?”

“N-no… nunca, no si tú no lo quieres…”, respondió ella, agitando vigorosamente la cabeza. “Sólo te pido… que te tomes todo tu tiempo, que entrenes a cuanta gente se te antoje y cuando ya no puedas lanzar un solo kamehameha más, cuando te hartes de pelear y quieras envejecer a mi lado… regreses. Para siempre.” Suspiró ella, mirándome expectante en busca de una respuesta. Yo tragué saliva… ¡Me estaba dejando ir, sin más ni más! Y pensar que era yo el que siempre tomaba la iniciativa…

“Está bien, Chichi. Volveré… y me quedaré contigo.”