…nunca es para siempre – Capítulo 3


¿Papá? ¿Papá, me oyes?”

“¿Uh? ¿Decías?”, respondí yo, algo apenado por perderme nuevamente en mis recuerdos. Gohan meneó la cabeza en señal de desaprobación, sin percatarse de que es un gesto típico de su madre. “Estábamos hablando de Goten, ¿recuerdas? No terminó la carrera so pretexto de que no necesitaba el título para conseguirse trabajo y ahora se la pasa haraganeando en casa de los Briefs. Yo ya lo he reprendido, pero la verdad no me hace mucho caso… se parece mucho a ti, sin ofender.”

“Yumf… nof hfay prfobflemfa”, le aseguré mientras terminaba mi almuerzo que, a pesar de no tener comparación con la comida de mi mujer, engullí sin chistar. Nunca he sido demasiado quisquilloso con la comida… “Oye Gohan, ¿dónde está tu m–”

¡DIIN-G D-OONG! El timbre sonó repentinamente, sin dejarme terminar mi pregunta. Mi hijo se excusó, levantándose de la mesa en dirección a la puerta. Escuché varias voces que no logré reconocer de inmediato, pero… entonces vi a un muchacho alto, con un rostro idéntico al mío, saludando efusivamente a Gohan. “¡Ossu, hermanote!”

“Hablando del rey de Roma… ¿Goten, de nuevo te estás dejando crecer el cabello?”

“Sí. Mi ex solía decir que parezco gallo copetón con este corte y…”, rió él. “Bueno, ¿estás ocupado?”

“No, yo sólo almorzaba… ¿por qué?”

“Porque Pan dijo que necesitarías mi ayuda con no-sé-qué asunto, y bien, aquí estoy…”, concluyó el chico, quitándose las botas y poniéndose un par de frescas sandalias. Gohan se subió las gafas, nervioso. “¿Pan te dijo eso?”

“Ajá. Por cierto, ella está afuera jugando con–”

“¡HOLA, HIJO!”, exclamé yo, feliz de ver al benjamín de la familia… Claro que una década no había pasado en vano, ahora era todo un hombre… Goten se quedó de una pieza en su lugar. “¿Papá…?”

“¡Qué grande te has puesto!”, sonreí yo, dándole un abrazo que hubiera dejado a cualquier otro sin aire. “¡Tu mamá estará muy orgullosa de ti!”

“Estee… sí”, balbuceó él, mirándome incrédulamente. ¿Tanta sería su impresión al verme? No sé, pero volteó a ver a Gohan con cara de circunstancia, y murmuró entre dientes: “Ya entiendo a qué ‘asunto’ se refería mi sobrinita…”

Yo los miré a ambos, totalmente desconcertado. ¿De qué asunto hablaban? ¿Por qué tanto misterio? Y sobretodo, ¿dónde estaba Chichi? ¿Por qué nadie parecía dispuesto a hablarme de ella?

Como si acabara de leer mi mente, Gohan aclaró su garganta, señalando la modesta sala del recibidor. “Papá, ¿quieres sentarte? Goten y yo tenemos algo importante qué decirte…”

Obedecí, aunque la verdad no me hubiera importado permanecer de pie. Gohan se quitó las gafas, y empezó a limpiarlas con la manga de su camisa. Parecía un doctor a punto de dar un terrible diagnóstico o que sé yo… esto me empezaba a dar mala espina. ¡Y Goten! Cada vez que volteaba a verlo, evitaba mi mirada, como si estuviera ¿resentido? conmigo… No otra vez, rogué para mis adentros… y yo que pensaba haber superado ya el complejo de “extraño en mi propia casa“…

*¡CRAA~SH!* Apenas iba Gohan a hablar, cuando oímos un gran estruendo afuera, como si se estuviera librando una batalla… ¿En nuestro propio patio?

Olvidándonos de toda ceremonia, los tres salimos por la ventana, a ver de qué se trataba. Primero encontramos a Pan, respirando agitadamente, con su lacio cabello todo alborotado y en posición de defensa. Quienquiera que fuera su contrincante, debía ser muy fuerte para darle tan buena pelea; según me había contado Chichi, mi nieta había sido la ganadora del último budokai al que asistí, derrotando incluso a Goten. Claro que no iba a comentar el tema ahora, prefería que él mismo lo hiciera, si es que quería…

Mas recordar viejas derrotas era lo último que pasaba por la mente de mi hijo menor. Alarmado, lo ví registrar de pies a cabeza todo el lugar. “¡Joder, Pan! ¡Les dije que se pusieran a jugar, no a ENTRENAR! ¿Dónde–?”

“Jiji… ¡Aquí estoooy!”

Todos volteamos hacia el techo, desde donde había provenido una risita infantil. Como los rayos de sol me deslumbraran, no pude ver bien a la criatura, pero sí sentí la velocidad con que se acercó flotando a Goten. ¿Cuánto tiempo había estado arriba sin que percibiéramos su ki…?

Él la recibió calmadamente en brazos, con actitud paternal. “¿Y bien? ¿Cuál es su excusa ahora, señorita?”

“Jo, es que aquí uno se aburre mucho…”, explicó ella, mientras jugueteaba con uno de los mechones que caían a los lados de su rostro. Era una morenita preciosa, más o menos de la misma estatura que Pan cuando niña, con el típico cabello rebelde de nuestra familia atrapado en una coleta y grandes ojos negros… “¡Goten!”, exclamé yo, sorprendido. “¿No me digas que es tuya…?”

Él sacudió violentamente la cabeza, ofendido. “¡Por favor! ¡Soy muy joven todavía!”

“Entonces eso quiere decir… ¡Qué tú y Videl tuvieron otra hija! ¡Vaya sorpresa! ¿Por qué no me lo habías contado antes, Gohan…?”

“………” Sacudiéndose el polvo de sus ropas, Pan se acercó a nosotros, seguramente percibiendo la misma tensión en el ambiente que yo. “¿Qué, todavía no se lo dicen?”

“Ya lo habríamos hecho, de no haber interrumpido ustedes…” gruñó Goten, con un tono que me recordó inmediatamente a Vegeta. Vaya que debía pasar mucho tiempo con su familia en Capsule Corp…

“Vale, vale, ya capté el mensaje, tío… vámonos, Ku-chan.”

“¿Uh? ¿Pero por qué…?”

“¡V-á-m-o-n-o-s! ¿Qué parte de eso no entendiste, boba?”

“Hala, mejor obedece, ya ves cómo es de corajuda… Al rato las alcanzo, ¿neh?”, murmuró Goten, con una media sonrisa. La chiquilla asintió y saltó de sus brazos para seguir a Pan, quien ya había partido sin despedirse siquiera. Yo las seguí con la mirada, todavía sorprendido por dicha aparición. “¿Se llama ‘Ku‘?”

“No, así le decimos de cariño. Su nombre es Chiku. Son Chiku.”, pausó Gohan, escogiendo cuidadosamente sus palabras. “Y… tampoco es mi hija, papá. Es… tuya.”


“Yo también te he extrañado… Chichi…”

Nuevas lágrimas corrieron por sus mejillas… “¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué no supimos nada de ti en todo este tiempo? ¡Si no fuera porque Gohan y Goten pueden sentir tu ki, yo hubiera jurado que estabas muerto…!”, sollozó, amenazando con volver a llorar como antes. Yo sonreí, secando con mis labios su rostro, que para mí seguía siendo el más perfecto que jamás había visto, a pesar de los años que se empezaban a notar en sus finas líneas de expresión. “¿Y ahora… te parezco muerto?”

Sin contestarme, ella me abrazó con fuerza, como si temiera que de un momento a otro me fuera a desaparecer. Yo no me opuse, tan embelesado como estaba aspirando el delicado aroma de sus cabellos recién lavados; no sé si se deba a que mi olfato es muy sensible, pero su esencia está impregnada indeleblemente en mi ser. Igual que el sabor de sus labios… y el de su piel. Chichi tenía razón; había dejado pasar mucho tiempo…

Nuestras bocas se encontraron, sin tener nada más que decirse. De todas maneras, nunca he sido demasiado bueno con las palabras… y menos con ella. Desde que recuerdo, siempre he ganado cada batalla, cada argumento, hasta discutiendo con Vegeta… Pero en este universo sólo existe una persona capaz de derrotarme… Era increíble pensar que se trataba de la débil y pequeña mujer que ahora se refugiaba en mis brazos…

Poco a poco deslicé mis manos por su delicada silueta, tomando posesión de su cintura. Sin pensarlo siquiera, desanudé su bata, la cual resbaló libremente hasta el suelo, sin más obstáculos que mis propios brazos. Ella frunció el ceño, mirándome fijamente en busca de una explicación… y me dió una sonora cachetada. Sobando mi mejilla, le sonreí clamando inocencia. “Eh… ¿oops?”

“No…”, murmuró ella, cruzando sus brazos frente a su pecho. “¿Crees que puedes volver como si nada y hacer lo que se te antoje, Son Goku? Sólo te acuerdas de mi existencia cuando estás herido, tienes hambre, o…”

“¿…tienes frío?”, la interrumpí. Chichi me miró con esos hermosos ojos negros, sin atinar a contestarme. Después de todo, lo que yo había dicho no era una pregunta, sino una confirmación de sus palabras. “Porque yo sí”.

Ella se ruborizó, pero no me quitó la vista de encima; tan orgullosa como siempre. Al darle la razón, la había dejado sin argumentos… mas luego respondió, con una sonrisa casi imperceptible: “Sí, tengo frío. ¿Y qué vas a hacer al respecto?”

“Esto…”, contesté yo, alzándola en brazos y dirigiéndome a nuestra cama. Sobra decir que no volvimos a discutir…

 

Al menos por el resto de esa noche.