La Venganza Final – Introducción

Para leer esta historia no es útil, es imprescindible haber leído antes “Zanafer, el Dios Saiyajin” y “El Último Descendiente“.

Año 735 en el calendario universal. Un pequeño punto luminoso se mueve a una velocidad exorbitante a través de la negrura del espacio. Los sensores que indican la llegada al destino previamente programado, anuncian de forma intermitente al ocupante de la nave que el viaje ha finalizado. Es de esta forma como la nave saiyajin penetra la atmósfera del planeta Vegeta. El ocupante ha tenido que realizar un aterrizaje de emergencia, por lo cual no ha podido utilizar una de las plataformas de llegada.

“¡Estúpidos Gantorjins, nunca pensé que me pusieran tantos problemas!” –exclamó el saiyajin respirando dificultosamente y con múltiples heridas en su cara– “Es bueno volver a casa. ¡Nada como una cámara de recuperación para un momento como éste!”.

Sin duda, el implacable desierto de Karhn era una prueba difícil para cualquiera. Aún siendo un saiyajin, Raditz no se habría aventurado por aquellos parajes en circunstancias normales. El viento mezclado con arenilla hirviendo y azufre hacía arder los ojos del guerrero, nublándole la vista a ratos. Por suerte no fue suficiente para que no pudiera distinguir las decenas de siluetas que se hallaban a lo lejos.

“¡¿Eh?! ¡No puede ser! ¡¡¡VEGETA!!!” –pensó para sus adentros. A pesar de no traer consigo un Scouter en esos momentos, llevaba mucho tiempo de conocer al príncipe. No bastaba ser un genio para reconocer aquella forma de luchar– “Pero… ¿quiénes serán sus oponentes? ¿Qué hará en este lugar tan lejos del palacio?”.

Unos 500 metros más lejos, un joven príncipe se jugaba su honor en el combate. Perder una apuesta con ese estúpido era algo que su mente no podía concebir. Más aún con lo que estaba en juego. Justo en el momento en que la garra de un Saibaiman casi le rozaba la cara, su mente voló recordando el porqué de la pelea. Todo comenzó dos días atrás…

Eran cerca de las 4:00 de la mañana; rara hora para que un saiyajin estuviera despierto. Sobre todo cuando mañana designaban a los guerreros que iban a conquistar el planeta Midvit. Vegeta era la excepción. Una especie de sexto sentido que lo alarmaba era la causa. Desde hacía una semana que su padre desaparecía continuamente. “Asuntos de estado” –decía él, aunque era obvio que se trataba de una mentira. Nadie discutiría tales temas con un grupo de locos fanáticos como eran los Rak Valgo Dhu. Lo único que hacían todo el día era promocionar al tal Zanafer. “¡Como si existiera!” –pensaba Vegeta. Aunque estaba claro que no podía manifestar sus pensamientos en voz alta, ya que a pesar de que la gran mayoría de los saiyajins veía a Zanafer únicamente como un mito estúpido, era penado con la muerte hacer burla de las tradiciones ancestrales. Realmente era difícil determinar el verdadero alcance del poder de los Rak Valgo Dhu. Para unos, eran unos sujetos bastante insanos que no hacían más que repetir un cuento de niños, mientras que para otros, eran verdaderos profetas que llevarían al pueblo saiyajin a la tierra prometida. Sea cual sea el caso, la verdad es que su padre, el Gran Rey Vegeta, les tenía un gran respeto y eso era algo que había que tener en cuenta.

Éstas eran las razones que habían motivado al joven príncipe a seguir al rey a esta reunión. Era imposible imaginar qué cosas podían tratarse en reuniones como aquéllas. ¿Cuáles serían los verdaderos motivos de ese grupo de fanáticos religiosos? Sobre todo Kalkana. A pesar que era capaz de hablar 300 tonterías por minutos, era mucho más astuto de lo que aparentaba. Incluso a los ojos de Vegeta era un verdadero genio. Bajo esa faceta de predicador, podía distinguirse a un hombre frío, calculador y manipulador. El príncipe estaba seguro que muchas de las decisiones de estado no eran orden directa de su padre…

Voces… voces eran lo que podía escucharse a través de la fría piedra del ala este del palacio. Esto hacía la reunión más sospechosa aún, ya que estaba abandonada hace años por lo inestable que era en sus cimientos. Al contrario del resto del castillo, no había sido reconstruido al finalizar la guerra de la Era Kantesoica, por lo cual ya nadie frecuentaba por ahí. Sin embargo, su padre no sólo estaba en aquel lugar; más encima, tenía la compañía de los Rak Valgo Dhu.

“Hace bastante tiempo que no nos das tu informe, Vegeta” –comenzó una voz ronca desde el otro lado de la pared. El joven Vegeta no necesitó un scouter para saber de quién se trataba. Era nada más ni menos que el imbécil de Kalkana. Ese sujeto se había dado el lujo de burlarse en su cara varias veces, lo que inquietaba mucho al príncipe, sobre todo considerando que nadie podía cometer una afrenta contra un miembro de la casa real; aunque más le extrañó la actitud de su padre, el cual no dijo una palabra al escuchar que le llamaban Vegeta a secas, sin ni siquiera el adjetivo de “gran”.

“No me gusta que te tomes tantas familiaridades, Kalkana; no olvides quién es tu rey” –respondió con voz temblorosa el monarca saiyajin. “Ya era hora que se impusiera” –pensó el príncipe. “¡Vamos, Vegeta, ambos sabemos que los títulos solo los ocupamos para aparentar; ya sabes cuál es tu situación real… aunque si tanto lo prefieres, te llamaremos Rey Vegeta”. El príncipe se sorprendió al escuchar estas palabras. ¡¡Si lo otro había sido una gran ofensa, aquí se burlaban en las narices de su padre!!

“Ya hablamos con el Gran Freezer. Él se siente muy contento con el desempeño de nuestros hombres, pero está muy enojado porque aún no le presentas a tu hijo, Rey Vegeta”.

“Sí, ya lo sé, Kalkana; pero el mocoso debe entrenar más para presentárselo. Aún está muy verde” –replicó el soberano. “Hablando de VERDE… ¿No te conté, Gran Vegeta, sobre la producción de los nuevos saibaimans…?”

¡¡¡ERA EL COLMO!!! Eso era todo lo que necesitaba escuchar el príncipe de los saiyajins. ¡¿CONQUE LO QUERÍAN MANDAR DONDE FREEZER, EH?! No aguantaba más… estaban muy equivocados si creían dejarlo bajo la tutela de ese afeminado. “¡¡Si alguien irá con Freezer, serán ustedes, bastardos! ¡¡De una sola patada!!” –era el pensamiento del furioso Vegeta.

“¡¡COBARDES!! ¡UNO A UNO O TODOS JUNTOS, ME DA IGUAL! ¡¡LOS MATARÉ A TODOS!!” –gritó el enfurecido príncipe saliendo de su escondite.

“¡Vaya! ¿¡Pero que tenemos aquí?! Nada más y nada menos que el joven heredero al trono. Estás muy alterado, pero ya que veo que tienes tantas ganas de pelear y yo de probar a mis saibaimans, lo que haré será ofrecerte una apuesta…”

“¡¿Tan lentos son los ataques de tus insectos, Kalkana?!” –decía en tono burlón el príncipe saiyajin al esquivar a dos saibaimans al mismo tiempo que los convertía en cenizas.

“Yo que tú no me confiaría, Vegeta. Recuerda que cuando los saibaimans atacan en grandes grupos, son una de las razas más feroces del universo”.

“Hum, repite esa estupidez cuantas veces quieras; recuerda que, cuando yo gane, todos y cada uno de los Vak Ralgo Dhu deberá humillarse públicamente ante mí e irse para siempre del planeta”.

“Y recuerda tú, Vegeta, que si pierdes deberás abdicar una vez que subas al trono y entregarnos la corona a nosotros, los Vak Ralgo Dhu”.

“Los dos tenemos bastante que perder… ¡HUGH!…” –contestó el príncipe sin acabar la frase a causa de una fuerte patada de un saibaiman, que lo empotró en una gigantesca roca. Perdiéndoles completamente la pista, ocho saibaimans desaparecieron de los ojos de Vegeta para reaparecer al lado de éste y darle la paliza del año. En verdad no había ninguna parte de su cuerpo que no hubiera sido golpeada por esos bicharracos verdes.

“Fui un estúpido, me confié demasiado. Ni siquiera traje conmigo mi armadura de combate”. –Ésta era la frase que desfilaba contantemente en la mente del último heredero de la familia real de los saiyajins. A pesar de esto, su orgullo era demasiado grande para rendirse tan fácilmente ante los bichos. El hijo del Rey Vegeta juntó sus pocas fuerzas para generar una explosión bastante lejos, que sirvió para distraer por un breve lapso de tiempo a los Saibaimans. “Aunque sean más fuertes que los originales, siguen siendo igual de estúpidos”. Tras murmurar esto, soltó una nueva carga, que arrastró a todos los monstruos en una columna de energía, llevándose con ellos varias decenas de metros de suelo.

“¿Q-qué te pareció eso?” –dijo con voz entrecortada Vegeta, mientras se afirmaba dificultosamente uno de sus hombros que se le había semi-dislocado. “Y p-puedo hacer lo mismo cuantas v-veces quieras. Creo que es hora de que tú y tu grupito vayan rindiéndome pleitesía”. “Es muy temprano para hablar, Vegeta. Aún no terminas con todos” –respondió secamente el otro.

“¡¿Eh?!”. Fue en ese momento, al levantar la vista hacia el horizonte, cuando vio cómo se levantaban por debajo de la tierra otros doce Saibaimans. “Tu cuerpo va flaqueando poco a poco, príncipe. Creo que ni siquiera podrás exterminar ni la mitad de los que quedan”.

“¡¡No será necesario que lo haga!!”. Tanto como Vegeta como Kalkana se sorprendieron al escuchar esa voz. Sólo pudieron ver cómo de la nada aparecían decenas de energy ha que desintegraban a los saibaimans. Cuando el humo se dispersó, ambos pudieron ver al rey del planeta Vegeta acompañado de los veinte nobles saiyajins más fuertes del planeta; aquellos que eran llamados guerreros de élite por su casta y poder. A pesar de que se decía que el poder de Kalkana estaba a la altura del de Zaabon y Dodoria, no podría contra todos a la vez.

“¡¡Rey Vegeta!!… ¿Q-qué haces aquí? El p-pacto fue que nadie intervendría”. –Era evidente que la confianza que se tenía Kalkana en sí mismo comenzaba a desaparecer. Tembló más aún cuando los extremos de los labios del rey se levantaron al mismo tiempo que fruncía el ceño, formando en su rostro una diabólica sonrisa. “Parece que se te olvidó que la palabra no vale nada acá, en el Planeta Vegeta, aunque venga incluso de la boca de un noble. ¿Crees que soy tan estúpido como para dejar que te salgas con la tuya? Mi linaje no se verá destruido así de fácil. Los Vak Ralgho Dhu jamás serán los señores de este lugar” –finalizó.

“¡Pero padre…!” –interrumpió el príncipe sin atreverse a mirar a los ojos de su progenitor.

“¡¡¡¡CÁLLATE!!!! Tú menos que nadie tiene derecho a dirigirme la palabra. Por poco destruyes nuestra línea monárquica con tus estúpidas apuestas. No hago esto por ti, sino por el orgullo de la casta real de este planeta. Ya ‘hablaré’ contigo más tarde… Por ahora, el que me interesa es Kalkana”. –El padre dejó de mirar a su hijo para voltear hacia Kalkana. El príncipe no se intimidó con esa amenaza disfrazada de su padre. Como buen saiyajin, le habían enseñado sólo a tenerle miedo al mismo miedo… y a Freezer.

Kalkana dio un paso atrás al mismo tiempo que tragaba una gran cantidad de saliva por su garganta. Las cosas no habían salido como las planeó, y ahora presentía que tendría que pagar con creces las consecuencias. “No me intimidas, Rey Vegeta: soy más fuerte que tú y tus vasallos” –aunque ni él mismo estaba seguro de sus palabras– “Además, aún quedan los 5 Vak Ralgo Dhu restantes”

“Pero no están aquí para ayudarte. Los engañamos para que se fueran a otro planeta. Cuando tú estés muerto y ellos regresen, será pan comido exterminarlos” –dio como respuesta el monarca, dejando blanco de terror al jefe de los Rak Valgo Dhu al comunicarle cómo era la situación– “Respecto a lo que dijiste anteriormente… ¿No crees que tu fuerza se quedará corta cuando tu situación es de veintiuno contra uno? Pero basta de charla… ¡¡ATAQUEN!!”

Todos los guerreros se lanzaron contra Kalkana a la vez. No cabía duda que era un guerrero saiyajin formidable. La rapidez con que se desplazaba dejaba atónitos a sus adversarios. Ninguno de aquellos guerreros podría durar ni dos minutos contra él en un combate singular.

Pero por desgracia para Kalkana, ésta era una batalla imposible de ganar. Eran demasiados para él solo. Así, poco a poco fue debilitándose, siendo finalmente derrotado por un golpe directo a su cara proveniente del puño del mismísimo Rey Vegeta.

Tras caer al suelo, fue inmovilizado por cinco saiyajins que le levantaron frente a la imponente presencia del Rey.

“Éste es su fin” –fue el pensamiento que ocupó lugar en la mente de Vegeta hijo. Pero su sorpresa sería mayúscula al ver que su padre no le asestó el golpe final.

“Tengo un castigo mucho mayor preparado para ti, Kalkana”.

“B-bastardo. ¡Tenías planeado atacarme de antemano!”. –De inmediato Kalkana se dio cuenta de lo que pasaba.

“Por supuesto. Aunque claro está que tu diminuto cerebro no lo dedujo a tiempo. No te preocupes… no te irás al infierno solo… tus amigos te harán compañía” –afirmó el señor de los saiyajins con una voz que disipaba cualquier duda. Tan intimidado estaba el maestro de los Rak Valgo Dhu, que no notó cuando alguien le golpeó un lado del cuello… Pronto todo el entorno comenzó a nublarse para él, hasta tornarse de color negro. La conciencia lo había abandonado…

“¿Mmmm? ¿Eh?”

“Está despertando”

“¿Q-qué pasa?… ¿Eh?… Rey Vegeta. Ya recuerdo… ¡MALDITO!” –gritó Kalkana con furia asesina, pero su golpe chocó con algo que sus ojos no fueron capaz de ver– “¿EH? ¿Qué pasó?”.

“Despertaste de forma muy violenta como para haber estado casi un mes inconsciente”. –La sonrisa de ironía del rey, junto con sus ojos escondidos por la semipenumbra, le daban un aspecto demoníaco. Pronto pudo distinguir de golpe a varios saiyajins a su lado, incluido el príncipe Vegeta– “Con respecto a tu pregunta, te respondo que estás en una celda de energía. Una de las últimas maravillas que nos legaron los tsufurujins. No es tan fuerte para retener a un saiyajin, pero en el estado en que te encuentras es más que suficiente. Los sedantes hicieron un buen trabajo”.

“¿Sedantes?” –murmuró en voz casi imperceptible el saiyajin cautivo.

“¿Con qué crees acaso que te hemos mantenido inconsciente todo este tiempo? También lo ocupamos con tus amigos” –intervino un saiyajin de confianza del Rey. Kalkana notó que era Pahvero, uno de los nobles que estaban en el grupo de ataque aquel día– “¿Mis amigos?” –le preguntó Kalkana con visible curiosidad. Pahvero no contestó; simplemente indicó con un dedo a su alrededor. Eso bastó para que la pregunta quedara contestada. Cinco campos de energía iguales a los de él contenían al resto de los Rak Valgo Dhu. “Así que los capturaron a todos mientras yo dormía. Ya está todo perdido… ¡MALDITA SEA, POR ZANAFER!”.

“Invoca a quien quieras, imbécil; ya nadie los va a salvar de ésta. ¡EL IMPACTO SOLAR”.

Kalkana tembló hasta la medula de los huesos. ¡Había comprendido por fin porqué lo habían mantenido vivo! Nunca en la historia saiyajin, ni siquiera en la guerra de Golban, se conoció una sentencia tan terrible como lo era el impacto solar. El castigo en cuestión consistía en debilitar al individuo lo suficiente para colocarlo en una cápsula espacial (estando semiinconsciente), con la trayectoria preparada a una estrella específica. Una vez iniciado el viaje, el ocupante no podía desviar la trayectoria, pues se les habían destruido los circuitos de los mandos manuales con anterioridad. Así, el sentenciado recuperaba la conciencia completa en medio del espacio, por lo que estaba obligado a no destruir la nave. Ni siquiera los saiyajins podían respirar en el espacio. El sujeto podía ver día a día acercarse la estrella, cayendo en estados de desesperación total. Podían pasar hasta dos semanas antes de llegar a ella. La situación de pánico era intolerable. La mayoría se volvía loco de tanta desesperación antes de llegar a ese mar de fuego. Sin duda era la muerte más cruel y terrible jamás conocida, además de las más efectivas por la imposibilidad que representaba escapar.

“¡Entonces esto es…!” –exclamó Kalkana.

“¡Exacto!… una plataforma de lanzamiento” –respondió Pahvero uniéndose a la sonrisa diabólica de su monarca. Sin aviso alguno, el techo de aquel lugar se abrió en dos partes como si fuera una compuerta, mostrando una noche bastante estrellada.

“Fijate bien, Kalkana; ése es tu destino… la estrella Trenblar. Hasta nunca” –finalizó el Rey Vegeta apuntando con su dedo el vasto firmamento.

El príncipe había permanecido en silencio a todo momento, como un mero espectador. Aunque por fuera demostraba un rostro sereno sin ninguna variante, en su mente sonreía… sonreía por la muerte de ese bastardo arrogante que lo había humillado tantas veces. Vegeta no perdió ningún detalle de los acontecimientos. En cada uno de los campos de energía penetró el gas anestésico que dejaría a los Vak Ralgo Dhu semiinconscientes. Las imágenes pasaban, los sentenciados trataban inútilmente resistirse al gas, pero pronto cayeron al suelo. El campo de energía desapareció, los cuerpos flácidos fueron cargados al interior de sus respectivas cápsulas especiales. Todas se cerraron con un golpe seco. El príncipe se acercó a la de Kalkana y con los brazos cruzados y apoyando su cola en la ventanilla de la nave le dirigió una última mirada de burla al condenado. Para su sorpresa, con un último esfuerzo Kalkana le devolvió una mirada mucho más amenazante, una mirada capaz de derretir el hielo. Una mirada que Vegeta descifró de inmediato: “VOLVERÉ”, no cabía otra interpretación en la mente del príncipe saiyajin. La impresión fue tal que Vegeta cayó de espaldas al mismo tiempo que el aire se calentaba alrededor de la cápsula. La secuencia de despegue ya había dado inicio. Aún después de ver partir la nave, Vegeta no era capaz de retirar esa última mirada de su mente. Aquel al que había llamado “patético” se manifestaría a lo largo de toda su vida, en forma de terribles pesadillas. Después de dar una última mirada en dirección al cielo, dio media vuelta y se dirigió volando lentamente de regreso a su palacio…