La Compañera – Capítulo 3

Bulma y Milk caminaban por el centro comercial más grande de la recientemente nombrada “Ciudad Satan”. Llevaban varios días haciendo todos los preparativos de la fiesta que Bulma quería dar como bienvenida a la nueva “compañera” de Piccolo, es decir, Piccolina. Bulma veía muy complacida todas las vitrinas, queriendo llevarse todo lo que estaba en exhibición y al hacerlo trataba de animar a Milk que, se notaba, estaba muy nerviosa y no prestaba la más mínima atención a los comentarios de su amiga.

“¡Mira, Milk, qué lindos están esos manteles! ¿No crees que se verían preciosos sobre las mesas del jardín?”, le preguntó muy emocionada, pero no obtuvo ninguna respuesta. Volteó y notó que estaba completamente ausente, así que agitó su mano delante de su rostro tratando de hacerla volver al mundo real. “¡MILK!, ¡RESPÓNDEME!”.

Al escuchar el grito de su amiga, Milk pegó un brinco sobresaltada. “¿Eh?, pero, ¿qué pasa?, ¿por qué me gritas?”.

“¡Pues porque llevo todo la mañana hablándote y pareciera que lo hago con una pared!, ¡por eso! Dime, ¿qué te pasa?”, le preguntó algo molesta mientras la miraba inquisitivamente. “Y no me digas que no es nada, porque no te creeré”.

Milk bajó su miraba completamente apenada. “Lo siento mucho. Lo que pasa es que estoy pensando en mi pequeño y dulce Gohan que debe estar presentando sus exámenes de admisión en el colegio en este momento”.

“Ah, conque era eso”. Bulma suspiró aliviada y tomó a Milk del brazo mientras comenzaban a caminar nuevamente. “No te preocupes, sabes que Gohan es un niño brillante y le irá muy bien. Además, deberías estar contenta por él”.

“Sí, es cierto. ¡Si lo vieras!, ¡ha estado tan contento los últimos días! Y hacía tanto tiempo que no lo veía así…”. Suspiró al recordar el año tan triste que había pasado junto a su hijo por la ausencia de Goku, pero luego sonrió. “Pero al fin parece estar recuperándose. Estudió mucho para aprobar su examen de admisión y ni siquiera le importó que estuviese castigado”.

Bulma sonrió al escuchar sus palabras. “Ay, Milk, ¿no crees que exageraste un poco castigando al chico por haber salido en la noche sin tu permiso?… Digo, después de todo, fue por una buena causa…”.

“¡Eso no importa! –respondió Milk con firmeza–. No puedo permitir que Gohan haga lo que quiera. La disciplina es muy importante. Nunca lo olvides a la hora de educar a Trunks, o terminará convertido en un rebelde”.

“Bueno, bueno, igual creo que exageras un poquito, pero está bien, tienes razón en lo que dices”, le dijo mientras cruzaba sus brazos y meditaba un poco en las palabras de la mujer.

“¡SÍ!, ¡ASÍ SE HABLA, AMIGA!”, le respondió con entusiasmo, al tiempo que le daba una palmada en su espalda, pero con tan mala suerte que se la dio muy fuerte, así que Bulma salió disparada por la puerta de una tienda de disfraces que tenía justo detrás de ella. Una chica estaba arreglando algunos trajes en unos percheros cuando vio al proyectil humano venir justo en su dirección y, ya sin tiempo de esquivarlo, lanzó un grito de terror y cerró sus ojos. Ambas chocaron estrepitosamente, cayeron al suelo y rodaron varios metros mientras todos los disfraces les caían encima.

Milk se quedó atónica al darse cuenta de lo que había hecho, luego miró su mano al tiempo que exclamaba: “¡Oops!”. Finalmente reaccionó y entró a la tienda corriendo. Al hacerlo, vio que otra mujer se acercaba al enorme bulto sin forma y, desesperada, comenzaba a apartar los trajes buscando a su amiga.

“Al… Al… Alicel… ¡¡ALICEL!!, ¡¿DÓNDE ESTÁS?!”, repetía una y otra vez mientras buscaba, pero muy lentamente, ya que más y más trajes caían sobre ellas. Mientras quitaba unos, caían otros…

Milk se acercó a la mujer que, al verla, cayó al suelo muy asustada. “N-No… p-por f-favor… n-no me lastime… n-no s-sé qué tenga… e-en c-contra de la otra… m-mujer… p-pero… yo s-sólo quiero ¡encontrar a mi amiga!”, culminó sollozando.

“Pero… ¿qué dices?, la otra mujer también es mi amiga y… ¡Bah!, ¡quítate!”. Sin mucha paciencia, Milk apartó a la mujer de un empujón y se lanzó a la búsqueda de Bulma. Luego de unos instante, y de muchos disfraces de por medio, las dos mujeres fueron liberadas en buen estado, aunque muy aturdidas…

Milk se arrodilló al lado de Bulma al tiempo que le daba unas palmaditas en el rostro. “¡¡BULMA, BULMA, HÁBLAME!!”.

En ese instante Bulma comenzó a reaccionar. “¿Uh?… ¿q-qué… p-pasó…?”. Abrió sus ojos para ver que su amiga la observaba fijamente muy preocupada. “M-Milk…”.

La pobre Milk se puso feliz al ver esto, así que la abrazó sin darse cuenta que, al hacerlo, le impedía respirar. “¡Bulma, lo siento mucho!, ¡Bulma!”, repetía una y otra vez mientras Bulma trataba de soltarse.

Mientras, la otra vendedora hacía lo mismo con su amiga. “¡Alicel, Alicel, ¿estás bien?!”.

La muchacha abrió sus ojos al oír su voz. “S-Sí… c-creo… q-que… s-sí…”, balbuceó mientras se levantaba ayudada por su compañera.

“Qué bueno, te llevaste un buen golpe”.

“Sí, pero ya estoy bien”, le aclaró Alicel mientras se acariciaba la cabeza. “¿Qué pasó con la otra mujer?”.

“Pobre… fue atacada por una señora muy fuerte que la quería matar. ¡¡Mira, Alicel!! ¡Como falló en su primer intento, ahora trata de asfixiarla!”, exclamó al ver el forcejeo de las mujeres.

“¡Ay, no! ¡Tienes razón!”, dijo Alicel muy asustada.

Bulma trataba por todos los medios de liberarse del “abrazo” de su amiga, ya que no podía respirar, pero justo cuando estaba a punto de perder el sentido, Milk la soltó. “Perdóname”, volvió a disculparse, pero en ese momento vio que el rostro de ella tenía un color entre morado y azul. “¡¿Qué te pasó?!”.

“N-nada… n-nada…”, le respondió jadeando temiendo que, si le decía la verdad, la mujer volviera a abalanzarse sobre ella. “E-estoy… b-bien…”.

Bulma se levantó con ayuda de su amiga y arregló su vestido mientras Milk se acercaba al par de vendedoras que, asustadas, se abrazaron y comenzaron a gritar aterrorizadas. “¡Por favor, no griten!”, dijo Milk algo asombrada por la reacción de las chicas. “Lamento mucho lo sucedido. Yo… pagaré todos los daños que he causado… ¡en serio!”, les dijo acercándose un poco más a las mujeres que, en vista de esto, volvieron a gritar y retrocedieron muy asustadas. “No se asusten de mí. Lo que pasa es que soy muy fuerte… y… y… bueno, a veces no mido mi fuerza…”.

“Sí, ya me di cuenta, señora”, replicó Alicel de manera irónica al sentir todo su cuerpo adolorido por el golpe que se había llevado por su culpa.

“Pe… pe… pero… no tiene que matarnos por eso…”, afirmó la otra chica.

“¡¿MATARLAS, YO?!, Pero… ¡¿de dónde sacaron esa idea tan absurda?!”, exclamó Milk muy sorprendida. ¡Ni que ella fuera un monstruo!, bueno, es verdad que tenía muy mal genio, pero jamás mataría a nadie…

“Chicas, chicas –intervino Bulma–. Ella es mi amiga y nunca me haría daño. No adrede, al menos… Lo que pasa es que es la mujer más fuerte del planeta… su nombre es Milk. Y yo Bulma. Y ustedes, ¿cómo se llaman?”, preguntó de manera amable al tiempo que les tendía su mano.

El par de mujeres se miraron, no muy convencidas, pero finalmente se soltaron y le dieron la suya mientras se presentaban. “¿De veras es usted la mujer más fuerte del planeta?… Mi nombre es Alicel”, dijo mientras saludaba también a Milk.

“Ajá. Bueno, al menos lo fui hace mucho tiempo…”, respondió Milk algo nostálgica de aquellos días… ¡Si hasta sentía que habían pasado mil años desde el XXIII torneo de artes marciales en el que había participado!

“No seas modesta, Milk. Aún conservas tu fuerza casi intacta. Y hoy nos lo demostraste muy bien”, se burló Bulma mientras sonreía.

“¡Ay, Bulma! ¡No digas esas cosas que me da mucha vergüenza!”, refutó algo ruborizada.

“Pues yo no creo que exagera. Casi destruye nuestra tienda, señora Milk. Ahhh, y por cierto, yo me llamo Saltamontes”, se presentó la otra vendedora mientras les tendía su mano al par de mujeres.

Bulma y Milk se miraron una a la otra y luego a la muchacha, extrañadas. “Llámame Milk, por favor. M-mucho… g-gusto… s-supongo… ¿Saltamontes?”.

“Ejem… un nombre bastante… peculiar el tuyo… Mucho gusto”, dijo Bulma.

“Bueno, –comenzó a hablar Alicel– en realidad ella se llama… ¡¡Auch!!”. Se quejó por un fuerte codazo que su amiga le había dado en las costillas. “¡¿Por qué me golpeas?!, ¡¿no crees que ya he recibido suficientes golpes hoy?!”.

“¡ESO ES PARA QUE DEJES DE HABLAR TONTERÍAS, ALICEL!”.

“¡¿Tonterías?! Pero si yo lo único que iba a decir es que tu verdadero nombre es… ¡¡AUCH!!”. Volvió a quejarse pero esta vez por un pellizco propinado en su brazo. “¡¡Deja ya de golpearme!!, ¡¡¿no ves que me duele?!!”.

“Precisamente… Mi nombres es Saltamontes. S-A-L-T-A-M-O-N-T-E-S”, afirmó con fiereza.

“Bueno, bueno… sabes que es mentira, pero está bien…”, replicó mientras se encogía de hombros.

Saltamontes estaba a punto de contestar el comentario tan impertinente de su compañera, pero fue interrumpida por Milk, que se interpuso entre ambas tratando de solventar la disputa. “Emmm… chicas, no peleen. Saltamontes me parece un nombre muy bonito”.

“Sí, sí, claro”, la apoyó Bulma.

“¡¿Verdad que sí?!”, afirmó Saltamontes muy orgullosa. Luego volteó hacia Alicel y le sacó la lengua.

Milk miró la tienda y se sintió muy mal por el inmenso desorden que había generado… debía ser muy cuidadosa de ahora en adelante con su fuerza. Casi lastimaba a Bulma y a Alicel; sin querer, pero lo había hecho… “Muchachas, en serio lamento lo que pasó. Díganme, ¿cuánto dinero les debo por los daños que causé?”.

“No nos debes nada”, dijo enseguida Alicel.

“Sí, sólo debemos recoger los trajes. No hubo ningún daño grave”, la tranquilizó Saltamontes.

“Bueno, al menos dejen que les ayudemos a ordenar todo”, pidió Bulma. Milk apoyó su moción.

Las chicas accedieron gustosas y así todas se pusieron manos a la obra. Milk y Bulma recogían la ropa mientras Alicel y Saltamontes la ordenaban y colocaban en sus respectivos percheros.

“¡Wow! –exclamó Bulma asombrada–. ¡Cuántos disfraces tienen aquí!”.

“Oh, sí. Nuestra tienda es la más surtida de toda la ciudad”, les aclaró Alicel.

En ese momento a Bulma se le ocurrió una gran idea: “Milk, ¿y si hacemos una fiesta de disfraces?”.

“¿Una fiesta de disfraces?”, repitió Milk muy confundida.

“Sí. Piénsalo, así Piccolo y Piccolina no se sentirían tan fuera de lugar, ¿no lo crees?”.

“Oye, ¡tienes razón!, ¡es una gran idea!”.

“Oigan, disculpen que les pregunte pero… ¿sus amigos están deformes o algo…?, lo digo por los disfraces…”, quiso saber Saltamontes.

Las mujeres se miraron y sonrieron. Bulma contestó: “No son deformes, pero sí son… cómo decirlo… diferentes…”.

“Ahhhh”, dijeron Alicel y Saltamontes al unísono. Ninguna había entendido nada.

“Creo que sólo cuando los vean entenderán a lo que nos referimos…”, opinó Milk.

“Si desean, pueden ir a la fiesta”, las invitó Bulma.

“¡¿En serio?!”, preguntaron, muy felices, al mismo tiempo.

“Sí, claro que sí. Será en la Corporación Cápsula. Me imagino que saben su dirección”.

“¿Bromeas? ¿Quién no lo sabría?”. Alicel miró a Bulma con detalle y luego abrió sus ojos de par en par, como si la hubiese reconocido. “Un momento… tú eres… Bulma, ¿Bulma Brief?”.

“Ehhh… bueno… sí…”.

“¡¡No lo puedo creer!!”. Alicel corrió y tomó la mano de Bulma muy emocionada. “¡¡Yo soy una gran admiradora de tu trabajo!!”.

“¡¿De veras?!”. Bulma se mostró muy sorprendida y halagada.

“¡Así es! ¡Será un placer ir y conocer la C.C.!”.

“Con mucho gusto las recibiré allá”.

“¡Qué bien, Al! –dijo feliz Saltamontes–. ¡Desde hacía mucho tiempo que no íbamos a una fiesta!”.

“Es verdad”, afirmó Alicel. “Y yo ya sé qué disfraz me pondré”, dijo con picardía.

Saltamontes retrocedió muy asustada y se puso pálida. “Ay, no… no… me digas… que piensas ponerte semejante ridiculez…”, preguntó temerosa de la respuesta que obtendría.

Alicel afirmó con su cabeza. “Así es”.

“¡¡NI HABLAR!! ¡Yo quiero hacer amigos, ¿sabes?!… ¡Pero si te pones semejante mamarrachada, todos saldrán asustados al verte!”.

“¿Por qué lo dices?”, dijo Milk curiosa.

“¡¡Pues porque quiere ponerse su estúpido disfraz de Mr.Satan!!”.

“¡Y qué tiene de malo ponerme un traje de nuestro GRAN HÉROE, ¿eh?!”, replicó mientras les mostraba a las chicas su traje muy bien guardado en una bolsa de plástico negra (para que así no le diera el Sol y se conservaran intactos los colores), junto a sus botas. “¡Y por supuesto no puede faltar una peluca y un bigote idénticos al suyo! ¿No es adorable?”, afirmó con admiración mientras sus ojos brillaban de la emoción.

Bulma y Milk guardaron silencio algunos segundos. Pero luego se miraron y comenzaron a reír a carcajadas casi hasta caer al piso.

“Pero… ¿de qué se ríen?”, preguntó Alicel con la mayor de las inocencias.

“¡De tus tonterías!”, le respondió Saltamontes cruzándose de brazos.

“¡Admirar a Mr.Satan, al hombre que nos salvó del terrible Cell, no es ninguna tontería!”, replicó muy indignada.

“Tú admiras a TODO el mundo”, le regañó Saltamontes.

“Sí, y ahora me dirás que tú no lo admiras…”.

“¡Pues, fíjate que no! ¡Ese tipo me ha parecido siempre un farsante!”.

“¡Y entonces quién rayos nos salvó, según TÚ!”, insistió Alicel.

“Es obvio que fue ese joven corredor de cabellos dorados”. Al afirmar esto, Saltamontes se puso muy seria.

Al oír la teoría de Saltamontes, Bulma y Milk pararon de reír poniéndose muy nerviosas en el acto. Bulma carraspeó un poco y luego dio su opinión: “Bueno, eso no tiene relevancia. Lo que es realmente importante es que el planeta está a salvo y Cell fue derrotado”.

“Es verdad. ¡Ay, pero mira la hora que es, Bulma! –dijo horrorizada Milk–. Desde hace horas que tu mamá cuida a los pequeños Goten y Trunks. Es hora de ir por ellos”, concluyó algo incómoda y nerviosa por el giro que había tomado la discusión.

“Sí, tienes razón”, le siguió la corriente. Bulma miró su reloj. “Bueno, chicas, fue un placer conocerlas. Yo les aviso cuándo será la fiesta”.

Todas se despidieron con abrazos y besos. La tienda había quedado en completo orden cuando las mujeres finalmente se retiraron.

“¡Qué día! ¿No lo crees, Al?”, dijo Saltamontes mientras comenzaba a apagar las luces.

“Sí, Salta. Fue extraño, pero al menos conocí a Bulma Brief”. Alicel suspiró feliz y puso el letrero de “CERRADO” en la puerta. “Aunque, igual, me duele todo el cuerpo”, concluyó algo divertida.


Bulma caminaba apresuradamente llevando a rastras a Milk. “¡Vamos, Milk!, ¡ya es muy tarde!”.

Pero Milk se detuvo en seco y miró a su amiga con mucha seriedad. “Oye, Bulma, creo que ni Gohan ni yo iremos a tu fiesta”.

“Pero… ¡¿por qué no?!”, quiso saber Bulma muy preocupada volteando y mirándola fijamente.

“Es por esas chicas de la tienda. Oíste lo que dijeron del joven corredor. Ya sabes que se referían a mi Gohan. ¡No quiero que lo reconozcan!”.

“No creo que lo hagan. A menos que lo vean transformado en SSJ, y eso no pasará”, trató de tranquilizarla, aunque sin muy buenos resultados.

“No podemos estar seguras de eso”. Milk, cabizbaja, se recostó en la pared. “Mi hijo ha estado tan bien estos días que me preocupa que algo pueda perturbarlo… ¡No quiero que nadie le recuerda esa maldita pelea con Cell!”, culminó cerrando sus puños y frunciendo el ceño.

Bulma la miró con mucha tristeza. Todos habían llorado la muerte de Goku, hasta Vegeta que, a su manera, también había lamentado su partida… pero nadie como Milk… Ella no sólo había sufrido la pérdida de su amado esposo… también había tenido que enfrentar, sola, los sentimientos de culpa que inundaron a su pequeño hijo, que se había sentido responsable por su muerte… “No es necesario que nadie le recuerda la pelea, Milk, porque no la ha olvidado y no creo que lo haga…”. Se colocó en frente de Milk y la miró a los ojos, dándose cuenta que los de ella estaban llenos de lágrimas. “No es olvidando lo que pasó, que Gohan superará la pérdida de Goku. ¡Debe enfrentarlo y darse cuenta que no fue responsable de su muerte!”.

“Yo… sí, creo que tienes razón…”, murmuró Milk. Pero luego se lanzó en los brazos de su amiga, muy triste.

“¿Sabes?, yo creo que lo está haciendo”. Apartó a Milk y sonrió al verla. “Gohan es un gran niño. Digno hijo de Goku. Estará bien. Te lo prometo”.

Milk secó sus lágrimas y sonrió. “Es verdad. No debo temer por él…”.

“Así es. Además…”. La mujer sonrió con picardía. “La fiesta también la estoy haciendo para él. Será muy lindo que se reencuentre con sus viejos amigos”.

Milk se puso un poco seria, alzó una ceja y cruzó sus brazos. “Bueno, de eso no estoy segura. Todos los amigos de Goku son unos rebeldes, y…”.

“Milk”, le interrumpió Bulma.

“¿Qué?”.

Bulma la vio seriamente, pero luego fue imposible contener una carcajada. Milk la miró algo confundida, a lo cual Bulma sólo pudo jalarle la nariz. “¡No digas eso!, ¡ellos no son unos rebeldes! Pero sí fueron grandes amigos de Goku… y estoy segura que a Gohan le hará muy bien verlos…”.

Milk también sonrió y asintió con la cabeza. “Bien, iremos”.

“Me alegra muchísimo escucharlo. Y ahora, ¡vamos, que los chicos nos esperan!”. Tomó a Milk de la mano y comenzó a correr por los largos pasillos del centro comercial. Milk se dejó llevar. Sus largos cabellos negros comenzaron a soltarse del moño que los aprisionaba y ondeaban al ritmo de sus pasos. Mientras avanzaba, pensaba en Gohan y su valentía. Finalmente estaba superando la muerte de su padre y, tal vez, ya era hora de que ella siguiera los pasos de su hijo… siempre amaría a Goku, siempre, pero la vida continuaba y tenía dos hijos que dependían de ella. Además, tenía a su padre y a muy buenos amigos que habían estado a su lado en las buenas y en las malas. Vio a Bulma correr delante de ella y sonrió al darse cuenta de que había estado a su lado dándole su apoyo durante todo el largo y doloroso camino que había tenido que recorrer. Tomó su mano con más fuerza y, en lo más profundo de su corazón, se hizo una promesa: “Querido Goku, no estoy sola… nunca lo he estado… y por mis hijos, por Bulma, por mi padre, por todos nuestros amigos, te prometo que nunca me rendiré“.


DOS DÍAS DESPUÉS. TEMPLO DE DIOS

“¡NO!, ¡NO!, ¡NO!, ¡¡Y MIL VECES NO!!”, exclamó Piccolo muy alterado, dándole la espalda a Gohan y Piccolina.

“Pero, señor Piccolo, hablamos sólo de una pequeña fiestecita. Bulma la preparó especialmente para usted y Piccolina. ¡Así ella podrá conocer a todos nuestros amigos! Además, debemos celebrar que entré al colegio”, dijo el niño muy feliz.

Piccolo volteó y colocó una mano sobre la cabeza del chico al tiempo que sonreía de una manera que Piccolina nunca había visto: con orgullo. “Sí, sabía que aprobarías los exámenes, Gohan. Siempre he pensado que puedes hacer todo lo que quieras si te lo propones”.

Gohan vio a Piccolo con una profunda admiración. Sus ojos brillaron como dos estrellas en el firmamento. Luego sonrió. “Es verdad, señor Piccolo. ¡Y mi mami se puso muy feliz ya que obtuve la máxima calificación!”.

“Lo imagino, pequeño”, dijo el namek. Luego se puso muy serio. “Pero, igual, ¡NO PIENSO IR A NINGUNA FIESTA! ¡A MÍ NO ME GUSTAN ESAS TONTERÍAS! ¡ASÍ COMO TAMPOCO ME GUSTA ESTAR RODEADO DE HUMANOS! ¡Y NADA DE LO QUE PUEDAS DECIRME ME HARÁ CAMBIAR DE OPINIÓN!”. Giró, cruzó sus brazos y caminó al borde de la Plataforma. Todos esos días al lado de Piccolina le habían parecido horribles. Y justo ahora estaba de muy mal humor, ya que la mujer le había dado su acostumbrado “Beso Matutino”. ¡Bah!, él no sabía lo que era el amor, y nunca lo sabría porque nunca podría sentir esos sentimiento típicos entre los humanos. ¡Los namek no amaban!, pensó con convicción. Ya había hecho muchas cosas por Gohan, pero ir a una fiesta… ¡eso nunca!

El niño vio a su amiga muy preocupado y se sorprendió al ver que ella se mostraba extrañamente tranquila. No había dicho nada hasta el momento, se acercó a ella afligido. “Lo siento mucho, Piccolina, hice todo lo que pude, pero no hay caso…”, dijo mientras bajaba su cabeza.

“Lo sé, amiguito. Pero no te preocupes, que yo lo convenceré”, dijo muy convencida de sus palabras.

“Pero… ¿cómo?, el señor Piccolo es muy terco”, opinó no muy seguro de que pudiera hacerlo cambiar de parecer.

“No es necesario que lo digas, ya lo conozco lo suficiente como para saberlo”. Miró a Gohan, sonrió y guiñó un ojo. “Ya verás. Dame cinco minutos”, le dijo muy divertida a medida que se acercaba a él. Al llegar tocó su hombro. “Emmm… Piccolo, yo quiero ir a esa fiesta”.

“Pues ve. Nadie te lo está impidiendo”, le dijo de manera muy seria y sin voltear a verla.

“Sí, pero yo quiero ir contigo. Como una pareja”.

“Ya te dije que NO. Y no insistas, porque no cambiaré de parecer”.

Piccolina sonrió nuevamente. Piccolo había sido un reto desde el principio. Siempre tan serio, callado e indiferente. Muy seguro de que su corazón, no podía albergar ningún sentimiento. Pero ella sabía que estaba equivocado. Tosió un poco y continuó: “No lo decidas aún. Debo decirte algunas cosas primero”.

Piccolo rió con malicia. “¡JA!, di todo lo que quieras. De nada servirá”.

Eso lo veremos“, pensó ella.

Gohan, detrás de ellos, veía todo sin muchas esperanzas. Su sensei no era precisamente de las personas que se dejaban convencer con facilidad o cambiaban de parecer. Aunque Piccolina de veía muy confiada de lo contrario.

Así, ella comenzó a hablar…
CINCO MINUTOS DESPUÉS…

“Y bien, Piccolo, ¿qué dices ahora?”, concluyó ella con una medio sonrisa maliciosa en sus labios.

Piccolo estaba completamente pálido y sudaba por todos sus poros. Vio a Gohan buscando su apoyo, pero notó enseguida que el chico estaba tan asombrado como él. ¡¿Cómo demonios lo había hecho?! En sólo unos minutos Piccolina le había explicado, de forma muy convincente, todos los motivos por los cuales debía asistir a esa fiesta, dejándolo completamente desarmado. ¡¡Si hasta sentía que, de no ir, sería un miserable, detestable, canalla, sin derecho a existir!!… ¡GLUP! “Sí… iré…”, respondió con un hilillo, casi imperceptible, de voz.

“¡Qué bien! Estaba segura que aceptarías”. Piccolina abrazó a Piccolo y le dio un enorme beso en los labios.

¡¡Claro!! –pensó el namek indignado–. No sólo me manipula, como si fuera un muñeco de trapo, para que haga todo lo que ella quiera. ¡Además, la muy condenada, se aprovecha de mi estado tan vulnerable para darme otro beso!… gggrrr… Era… era… era… ¡¡diablos, era una mujer!!“.

“Bien, tengo mucho apetito, así que iré a comer algo. ¿Vienen conmigo?”, les preguntó a ambos. Pero estaban demasiado sorprendidos como para hablar, ¡ni que se diga moverse! “Piccolo, nunca he visto que pruebes bocado alguno. Deberías comer más o te debilitarás”, insistió. Pero Piccolo aún continuaba en shock, así que no pudo explicarle que los namek no comían. Ella se encogió de hombros y se fue muy feliz.

Piccolo, haciendo acopio de una fuerza extraordinaria, pudo hablar finalmente: “G-gohan… ¿v-viste… lo… m-mismo… q-que yo…?…”.

El chico levantó la cabeza hacia su maestro y amigo y, viendo que no podía gesticular ninguna palabra, la movió afirmativamente.

“Q-qué… b-bueno… –continuó el namek–. P-pensé que estaba enloqueciendo… ¿G-Gohan?”.

“S-sí… s-señor P-Piccolo…”.

“¿Todas las mujeres son iguales?”, preguntó Piccolo muy consternado.

“No lo sé… pero mi mamá siempre hacía exactamente lo mismo con mi papá… y hasta en la misma cantidad de tiempo… siempre lo convencía para que hiciera lo que ella quería…”, le aclaró Gohan.

“Ahhh… ya veo… ¿c-cómo lo harán…?”.

“Ni idea, señor Piccolo… tal vez sea una habilidad innata en todas las mujeres del universo…”.

“Sí, rayos, creo que tienes razón”.

Ambos se miraron muy sorprendidos sin decir palabra, pero con el mismo pensamiento en mente: La mujer, sin lugar a dudas, era un misterio indescifrable. Uno de los mayores enigmas del universo.

Piccolo pensó, justo en ese instante, en decirle toda la verdad a Gohan sobre la raza Namek. Quería terminar con toda la farsa de una buena vez. “Gohan, ¿en serio no notaste nada extraño cuando fuimos al planeta Namek?”.

“No, señor Piccolo. Pero, dígame, ¿hay algo que deba saber?”, le preguntó algo intrigado. Después de todo, era la segunda vez que hacía la misma pregunta. El niño lo vio y sonrió con una gran inocencia.

“Bueno… –comenzó a explicarle Piccolo–, la verdad sí… es que…”.

“¡Ay, no!, ¡no puede ser!”, interrumpió Gohan cuando vio la hora en su reloj.

“¿Qué sucede?”.

“¡Ya es muy tarde! ¡Mi mamá me espera para almorzar y si no llego a tiempo me matará! Lo siento, debo irme”, dijo dándole la espalda dispuesto a marcharse. Luego giró y se acercó nuevamente a su maestro. “¿Sabe, señor Piccolo?, estoy muy contento de que tenga a Piccolina con usted. Saber que lo he ayudado, aunque sea un poco, me ha hecho muy feliz. Al menos he retribuido en algo toda su ayuda”. Sonrió y colocó una mano detrás de su cabeza, tal y como lo hacía su padre. “Pero, ¡es verdad!, usted tenía algo que decirme, ¿no?”.

Piccolo, algo asombrado por sus palabras tan hermosas y conmovedoras, giró para que el niño no se diera cuenta de toda su emoción. “Emmm… bueno… no es nada importante… Ahora es mejor que vayas con tu madre”.

“De acuerdo. Hablaremos luego. ¡Estoy muy feliz porque irá a la fiesta!”. Se despidió y se fue volando.

Gggrrr, ¡qué niño tan tonto! –pensó mientras cruzaba los brazos–. ¡Claro! ¡Hijo de Goku tenía que ser! Pero el más tonto de todos, sin duda, he sido yo. ¡Yo, el hijo del demonio Piccolo Daimaoh, metido en tantos aprietos por un chiquillo! ¡Qué vergüenza me doy! ¡Si hasta parezco un humano por lo sentimental que me he vuelto! ¡¡TODO ES CULPA TUYA, GOKU!!, ¡¡GGGRRR!!“.


EN EL OTRO MUNDO

Goku, con su aura en la cabeza, entrenaba sin descanso para participar en el próximo torneo de los muertos. Sin duda, esta vez le ganaría a Paikuhan. Kaiosama se acercó a él, justo cuando el saiya…

“¡¡ACHISS!!”, estornudó.

“Salud… aunque eso ya no es necesario decirlo, porque estás muerto, jijiji. ¡Qué buen chiste!, ¿no lo crees?”, dijo Kaiosama.

“Eh… bueno… si tú lo dices…”, respondió sin mucha convicción.

“Debo anotarlo para que no se me olvide”. Kaiosama se puso muy serio. “¡GOKU!”, le llamó muy molesto.

“¿Qué sucede, Kaiosama?”, le respondió mientras dejaba de entrenar y volteaba a verlo.

“¡LOS OTROS KAIOSAMAS VIVEN BURLÁNDOSE DE MÍ PORQUE ESTOY MUERTO! ¡ADEMÁS, PORQUE ME QUEDÉ SIN MI PLANETA!”.

“¡Pero Kaiosama, eso fue hace un año ya! ¡¿Todavía sigues con lo mismo?! ¡Ya te expliqué que no tuve alternativa!”.

“¡Eso no me importa! ¡Y no me tutees, yo soy un Dios y tú un simple saiyajin!”, le regañó al tiempo que le daba un pescozón en la cabeza.

“¡Ayayay, eso me dolió! ¡Deja de golpearme!”, se quejó Goku.

“¡No lo haré porque eres un irrespetuoso!”.

“De acuerdo, de acuerdo, no volveré a hacerlo, Kaiosama… digo, ¡señor Kaiosama! ¿Mejor así?”, preguntó con fastidio.

“Sí, mucho mejor. Debes tratarme con el respeto que me merezco”, dijo Kaiosama muy orgulloso de sí mismo.

“Emm, sí, como quieras. Ahora, déjame entrenar, ¿sí, Kaiosama?… ¡¡AUCH!!”. El Dios le había dado otro pescozón.

“¡¡QUE NO ME TUTEES TE HE DICHO, GOKU!!”, le gritó furioso.

Goku sonrió y colocó una mano detrás de su cabeza. “Lo siento, lo olvidé, Kaio… perdón, señor Kaiosama”, culminó suspirando con resignación. “Ay, Dios, esto de estar muerto a veces no es nada fácil“, pensó.