La Compañera – Capítulo 2



Unos brazos fuertes y musculosos la tomaron y acercaron a su pecho; pudo sentir el latir rítmico de su corazón muy cerca de ella, haciendo que el suyo propio se acelerara… sus caricias la hicieron temblar y estremecerse… cerró sus ojos abandonándose al placer que, de forma tan delicada y gentil, pero al mismo tiempo firme, le proporcionaba… alzó sus brazos y acarició su nuca mientras lo abrazaba… finalmente levantó su rostro descubriendo que sus ojos negros la miraban fijamente… su mirada, ¡oh, qué mirada!, hizo que todo rastro del universo desapareciera a su alrededor… sólo ellos dos existían en el tiempo y espacio. No había temor, ni lo habría mientras él estuviese a su lado brindándole su amor y ese especial calor que emanaba de su hermoso cuerpo verde y que cobijaba hasta el más recóndito rincón de su alma, que acababa de nacer… “Te Amo…”, le confesó él… “y yo a ti, Piccolo”… Piccolina se puso de puntillas para poder tenerlo frente a frente y, su delicioso aliento impregnó su rostro mientras se aproximaba a su labios… un beso selló su amor…


Piccolo… Piccolo… Piccolo…“, repetía entre sueños Piccolina, mientras abrazaba a su almohada con pasión casi hasta aplastarla… La persiana de la ventana que se encontraba en su habitación se abrió con violencia producto del viento, haciendo que la mujer despertara bruscamente. “¡PICCOLO!”, gritó mientras se incorporaba, sobresaltada, en la cama. “¡PICCOLO! –repitió nerviosa–. ¿Piccolo, dónde estás?”, miró a su alrededor dándose cuenta que estaba sola en una habitación extraña. Se levantó muy desilusionada, ¡todo había sido un sueño!, maravilloso, pero sueño al fin… secó su frente, que estaba humedecida por el sudor y se asomó a la ventana. Nubes, lo único que veía eran nubes; vio hacia abajo y notó que estaba a una altura impresionante. “¿Dónde estaré?”, se preguntó al tiempo que salía de la alcoba.

Caminó por un largo pasillo sin rumbo fijo, tratando de encontrar una salida. Ya comenzaba a impacientarse cuando, al cruzar una esquina, tropezó con un chico verde. “¡Oh, perdón, cuando lo siento!”, se excusó tendiéndole su mano.

Dende, algo aturdido en el suelo, balbuceó una respuesta. “No hay cuidado, no veía por dónde caminaba. Piccolo siempre se molesta por eso…”, sacudió su cabeza y estaba dispuesto a tomar la mano de la persona que se la ofrecía cuando miró hacia arriba y vio a Piccolina que, sonriéndole de manera gentil, esperaba. Se asustó tanto al verla que, gateando, se alejó de ella hasta que chocó con una pared. Viéndose atrapado, cerró sus ojos y se tapó la cabeza con sus brazos.

Piccolina vio esto muy asombrada. “¡¿Qué?!… ¿Qué viste?”, dijo mientras se volteaba esperando ver algún monstruo o algo parecido detrás suyo, pero no había nadie. Abrió las puertas de las habitaciones más cercanas, pero todo fue inútil ya que no encontró nada que pudiera haberlo asustado tanto. Se rascó la cabeza y se acercó al niño dispuesto a averiguar lo que le pasaba. “Oye, tú –le dijo mientras le daba unas palmaditas en la espalda–. ¿Qué tienes? Ya revisé y no hay nada que temer”.

Al sentir el contacto de su mano, Dende lanzó un grito de terror y trató de huir nuevamente, pero, una vez más, chocó con la pared.

Piccolina se dio cuenta, al ver esto, que el chico estaba asustado por ella, cosa que le sorprendió mucho. “¿Uh?, Pero… pequeño, no te asustes. No te haré ningún daño…”. Alzó sus manos para que Dende pudiera verlas y muy lentamente se acercó a él. “No te lastimaré –le decía, cada vez más cerca–. Lo prometo”. Cuando llegó hasta donde estaba, se arrodilló a su lado y vio cómo el chiquillo temblaba por su cercanía. Ella, muy despacio, para que no hubiese sorpresas, tomó su mano mientras le repetía: “No temas… no temas…”.

Dende la veía fijamente. Más que miedo tenía una gran impresión de ver a una mujer de su propia raza. Aunque ya sabía cómo había sucedido todo, aún era un niño y le costaba asimilar ciertos acontecimientos, ya que era muy sensible. Pero entonces vio sus ojos y notó que en ellos no existía maldad alguna y eso, poco a poco, fue calmándolo.

La mujer vio esto con gran alivio. “¿Lo ves?, no pasa nada. Vamos, si no soy tan fea, ¿o sí?”, le preguntó al tiempo que hacía unas morisquetas con su rostro para lograr que riera un poco.

“N-no… “, respondió Dende más tranquilo y sonriendo divertido por las caritas de la mujer.

“Bien”. Piccolina se levantó y volvió a tenderle su mano al pequeño que, esta vez, acepto su ayuda. “Mi nombre es Piccolina, ¿cuál es el tuyo? Por el color de tu piel veo que también eres un namekuseijin”.

“Mi nombre es Dende y sí, soy del planeta Namek”.

“Pues mucho gusto, Dende”, le dijo mientras le tenía su mano. Dende la vio y le dio la suya en señal de saludo. “Bien, ahora que nos conocemos, ¿podrías decirme dónde me encuentro?”.

“Estás en el Templo Sagrado. Mi hogar. Yo soy el Kamisama de la Tierra”.

“¿Kamisama? ¿Qué es un Kamisama?”, preguntó intrigada.

“Bueno, un Kamisama es un Dios. Mi misión es velar por el bienestar de la raza humana”.

“¡Wow!, ¡es increíble! Pero, ¿no eres muy joven para tener un trabajo tan importante?”.

Dende esbozó una sonrisa. “Bueno, sí, aún soy inexperto, pero espero llegar a ser un Kamisama digno de este planeta”, le respondió orgulloso.

“Y sin duda lo serás. Se ve que eres muy inteligente”, le aduló mientras le acariciaba la cabeza. Luego se inclinó y le preguntó: “Y dime, Kamisama, ¿has visto a Piccolo?”.

El joven Kamisama se sintió muy halagado con sus palabras, ella había sido muy amable y se había comportado como toda una dama. Su temor había desaparecido por completo, cediendo su lugar a la enorme simpatía que comenzaba a sentir por Piccolina, así que le respondió con el mayor de los placeres: “Ajá, está afuera, entrenando. Si caminas por aquel corredor, llegarás a la salida sin problemas”, concluyó, señalando con su dedo uno de los pasillos.

“Y tú, ¿no vienes?”.

“No, debo ir a la biblioteca a estudiar un poco”.

“Entiendo. No hay problema. Nos vemos luego, amiguito”, se despidió. Acarició de nuevo su cabeza y comenzó a caminar por el pasillo que le habían indicado.

Dende se le quedó mirando unos instantes sonriendo. “Es muy simpática… tal vez no fue tan mala idea crearla“, pensó. Giró y se fue a la biblioteca.



En la Extensión del Mundo

El poeta observa y sueña

Que las cosas más pequeñas

Tienen un misterio profundo…

Y que a veces un segundo

Alcanza para apreciar

La grandeza singular

De todas las maravillas

Bajo mil formas sencillas

Pero que hay que descifrar.


Luego de caminar algunos minutos, Piccolina encontró una puerta y, al abrirla, la luz la dejó enceguecida. Se tapó los ojos con sus manos y caminó al exterior. Al hacerlo, percibió una sensación muy agradable al sentir el calor del Sol sobre todo su cuerpo. Poco a poco fue abriendo sus ojos hasta que pudo adaptarse por completo a la intensa luz. Sintió algo de asombro al ver La Plataforma que estaba llena de vegetación; era más hermoso de lo que se había imaginado… Suspiró y el olor de las flores la atrajo como un imán, así que caminó hacia ellas y se arrodilló a su lado. Había una gran variedad de ellas, cada una con su propia forma, color, tamaño y olor. “¡Qué maravilla!“, pensó mientras se acercaba a cada una para tocarla y sentir su exquisito perfume.

Todos sus sentidos estaban extasiados descubriendo y admirando cada pequeño detalle de la vida, una vida que acababa de comenzar y que, bien sabía, debía ir conociendo poco a poco… una vida tan rica y diversa que se manifestaba de mil formas distintas y en las más variadas formas y tamaños, aunque todas igualmente maravillosas ante sus ojos; si tan sólo en ese pequeño espacio de tierra podía apreciar una gran variedad de plantas y animales: hormigas, orugas, gusanos, aves, flores, árboles, etc. ¿cuánto no descubriría al explorar algo tan vasto e infinito como el mundo exterior?…

Unas mariposas revoloteaban, juguetonas, a su alrededor, y ella, muy divertida, trató de tocarlas, pero no pudo hacerlo y sólo logró caer sobre unas flores que esparcieron todo su polen en el ambiente, provocando algunos estornudos en la chica. Se levantó sonriente por su pequeño accidente y trató de sacudir el polen de sus ropas. Tenía sed, así que se acercó a una fuente y tomó agua, lavó sus manos y cara, alzó su vista y entonces lo vio… a él… a Piccolo…

Sonrió feliz y a la vez nerviosa. Sintió cómo un pequeño escalofrío recorrió todo cuerpo y también cómo le faltaba el aire… Vio su reflejo en el agua para confirmar que tenía buena apariencia, ya que quería causar una buena impresión. Sus largos cabellos negros estaban algo revueltos y sus ropas algo arrugadas, pero no era nada grave así que se armó de valor y caminó hasta donde estaba.


Piccolo se encontraba levitando, y a la vez meditando, de una manera tan profunda que no sintió la proximidad de la mujer. Piccolina se acercó sigilosa y, algo nerviosa, lo llamó: “Piccolo”.

Pero éste no la escuchó, así que ella se acercó aún más y volvió a pronunciar su nombre al tiempo que colocaba una mano en su hombro: “Piccolo, ¿me escuchas?, soy yo”.

Al darse cuenta que alguien lo llamaba, Piccolo perdió su concentración así que cayó al suelo bruscamente llevándose un buen golpe. “¡Auch! ¡¿Qué?! ¡¿Quién es?! ¡Ya saben que no deben interrumpir mi entrenamiento!, y…”. Se levantó muy molesto del suelo y volteó para darse cuenta que era Piccolina la que lo llamaba, “…P-Piccolina…”.

Ella lo vio apenada. “Y-yo… lo siento mucho, Piccolo… No sabía que no debía interrumpirte…”, se excusó mientras se aproximaba a él. “¿Te lastimaste?, déjame ver”.

Trató de tocarlo, pero a medida que caminaba hacia él, Piccolo retrocedía muy nervioso. “N-no… n-no me pasó nada…”, balbuceó.

Ella se detuvo y frunció el seño. “Pero… bueno, ¿es que todos los namek son tan tímidos como tú y Dende?”, le preguntó mientras cruzaba sus brazos.

Piccolo se detuvo en seco cuando la escuchó. “¡Dende! ¿Lo viste?”.

“Sí, y, al igual que tú, se asustó mucho al verme… como si hubiese visto una abominación…”.

“Bueno, más o menos…”, dijo para sí en voz baja, Piccolo.

“¿Qué dijiste, Piccolo?, no te escuché bien…”, le dijo mientras se aproximaba más al namek, que volvió a retroceder asustado…

“Emmm… ¡Nada, nada! –le respondió algo alterado–. Que… que… que, qué bueno que conociste a Dende… sí, eso…”.

Piccolina lo vio de reojo como si no creyera mucho en sus palabras. “Bien, pero cálmate un poco, estás muy nervioso”.

“¡¿Nervioso, yo?! ¡Qué va! Para nada estoy nervioso…”, carraspeó y trató de retomar su acostumbrada postura.

“Bueno, entonces ven”, le dijo mientras con su mano le indicaba que se acercara.

“Q-que… m-me… a-acerque… y… y… ¿para qué?… si… aquí… estoy… b-bien…”.

“Pues porque quiero saludarte. Por eso”, le respondió con picardía mientras le guiñaba un ojo.

Piccolo vio esto y si sintió cómo todos sus músculos temblaban mientras se ponía pálido y la tensión le bajaba, sabiendo bien lo que la mujer quería de él… “P-pero… n-no… e-es… n-necesario… y-ya me… s-saludaste…”.

“Sí, pero no como yo quiero hacerlo. Vamos, acércate”, insistió.

No tenía salida, así que al namek no le quedó más remedio que acceder. Suspiró, aguantó la respiración y caminó hacia ella, sintiendo que se lanzaba a un abismo negro y profundo… Ella tomó su mano. Él cerró sus ojos para no tener que ver lo que ella iba a hacerle.

Piccolina se aproximó, se puso de puntillas y, tal como en su sueño, le dio un beso en los labios. Luego volteó sonrojada y colocó sus manos en sus mejillas que, sentía, ardían como el fuego. “Así está mejor, ¿no lo crees?”.

“Sí, claro…”, contestó algo irónico, mientras escupía y se limpiaba los labios sin que la mujer se diera cuenta.

Piccolina giró bruscamente. “¡PICCOLO, VEN!”.

“¡¿QUÉ?!, ¡¿QUÉ?! ¡NO!, ¡DEFINITIVAMENTE NO! ¡¡¿UNO AL DÍA NO ES SUFICIENTE?!!”, le respondió al borde de una crisis pensando que ella querría besarlo nuevamente. Retrocedió cayendo nuevamente en el suelo, justo al lado de donde había quedado su autoconfianza desde que ella había entrado a su vida.

“¿Eh?, ¿de qué hablas? Si sólo quiero hacerte algunas preguntas, nada más… No sé qué te tiene con esos nervios de punta, pero, sea lo que sea, deberías deshacerte de ello”.

“Ojalá pudiera…”, volvió a decir para sí mientras se levantaba.

“Habla más alto que no te escucho. ¿Qué dijiste?”, quiso saber.

“Dije que estoy bien”. Sacudió sus ropas y acomodó su turbante. “¿Qué quieres saber?”, le preguntó algo fastidiado.

A ella se le iluminó el rostro y muy emocionada lo tomó del brazo. Sin que Piccolo pudiera reaccionar, se vio arrastrado por la mujer. “¡He visto unas cosas en el jardín y quiero que me expliques qué son!”.

Ella lo llevó y comenzó a preguntarle el nombre de las flores y todo sobre ellas. Y, para mala suerte de Piccolo, su gran curiosidad parecía no tener fin…


DOS HORAS DESPUÉS…

Piccolo estaba a punto de arrancarse las orejas para no tener que seguir oyendo la cháchara interminable de Piccolina. Era demasiado para él tener que responder todos sus preguntas. “¡Ya no aguanto más! ¡No para de hablar y hablar! ¡Ni siquiera respira!, ¿cómo lo hará?… Y yo que me alegraba porque sabía hablar y pensaba… ¡¡Ojalá fuera muda, diablos!!… Pero si se suponía que el calvito de Krilim era el de la mala suerte, así había sido siempre… Seguramente el muy estúpido me la contagió… gggrrr…“, pensaba.


KAME HOUSE

Krilim y el maestro Roshi se encontraban platicando mientras veían la T.V. y justo en ese momento…

“¡¡ACHUSSS!!”, Krilim estornudó.

“Salud”, le dijo el maestro.

“Gracias, maestro. Debe ser que me voy a resfriar”.

“Eso o que alguien está pensando en ti”, se burló Roshi.

“¡Ay, maestro! Usted y sus bromas”, le respondió divertido el guerrero.

Ambos rieron…


TEMPLO SAGRADO

Piccolo estaba a punto de lanzarse por la Plataforma y dejarse caer en el abismo de la desesperación, cuando vio a Mr Popo caminar por uno de los largos pasillos del Templo. “¡MR.POPO, VEN AQUÍ!”, lo llamó enseguida.

Mr Popo los vio y se acercó a ellos. “Dimes, Biccolos”.

Piccolina lo vio y sonrió muy divertida. “Qué gracioso es tu amigo. ¿Quién es él, Piccolo?”, le preguntó.

“Es Mr.Popo. Y está encargado de cuidar el Templo. Es como un ayudante para Dende”.

“Mucho gustos, Biccolinas”, la saludó con una sonrisa.

“Mucho gusto. Eres muy divertido, me caes bien”, le dijo enseguida. El extraño ser le había caído simpático desde que lo había visto.

“Tú también, Biccolinas. Eres muy bonitas, además”, le respondió Mr Popo.

“¡Ay, pero muchas gracias!”, exclamó mientras le pellizcaba las mejillas. “También eres muy lindo”.

Este gesto hizo que Mr Popo se ruborizara por completo, y Piccolina lo notó muy divertida. Piccolo había aprovechado la gran simpatía que había surgido entre ambos para escapar sigilosamente. Se alejó unos pasos sin que ellos se dieran cuenta y estaba a punto de levantar el vuelo, cuando…

“Biccolos, tu amigas es bien simbáticas, ¿no le crees?”, preguntó.

A Piccolo no le quedó más remedio que regresar a su lado, maldiciendo un millón de veces su infortunio. “Sí, por supuesto, es MUY SIMPÁTICA –dijo mientras pensaba–: ¡Maldito Mr.Popo! Pareciera que TODOS están confabulados en mi contra…“. Pero entonces sonrió como si se le hubiese ocurrido una gran idea. “Oye, Piccolina, ¿no tienes hambre?”.

“La verdad no había pensado es eso, pero sí, me muero del hambre”, afirmó.

“Lo imaginaba. Aún no has probado bocado. ¿Por qué no le das algo de comer, Mr.Popo?”.

“Muy buena ideas, Biccolos. Lo haré enseguidas. Ven conmigos, Biccolinas”, le dijo mientras la guiaba a la cocina. “Ya verás, mis blatos son exquisitos. Lástimas que aquís nadie los comes”.

“Claro. Seguro que es así. ¡Sí que eres una lindura, Mr.Popo!”. Se acercó a él y le dio un beso en la frente. Mr.Popo la vio y rió de manera estúpida, completamente embelesado con la muchacha…

“Sí, sí, vayan. ¡Y tómense su tiempo!”, exclamó el Namek. Cuando se fueron, Piccolo suspiró con alivio. “¡Al fin! Pensé que nunca me desharía de ella. Y ahora, ¡¡es mejor huir!!”. Alzó el vuelo y se fue lo más lejos que pudo.


CORPORACIÓN CÁPSULA

En la C.C, Bulma aún continuaba en estado de shock por la noticia que le había dado Milk hacía algunos momentos. ¡¿Una Compañera para Piccolo?! ¡JA!, era lo más gracioso que había escuchado en los últimos tiempos… o, tal vez, la idea no era tan descabella… la verdad, nunca había pensado en eso. Se le ocurrió una idea, así que llamó a Milk, que tomó el teléfono casi inmediatamente.

“Aló. Sí, Milk, soy yo, Bulma”.

“¿Bulma? ¿Sucede algo malo?”, preguntó su amiga al otro lado de la línea.

“No… bueno, sí, es que…”, comenzó a divagar.

“Estás sorprendida, ¿no?, a mí me pasó lo mismo cuando me enteré. Tal vez debí decírtelo en persona y no por teléfono”.

“No. Tranquila, estoy bien. La verdad me sentí algo mal, ¿sabes? Nunca había pensado mucho en Piccolo ni en sus sentimientos. No sabía que se sentía tan solo”, dijo apesadumbrada.

“Sí, te entiendo, yo sentí lo mismo”.

“Por eso pensé en hacer una pequeña fiesta aquí en la Corporación para darle la bienvenida a… ¿cómo me dijiste que se llama?”.

“A Piccolina. ¡GENIAL! ¡Creo que es una gran idea, Bulma!”.

“¿Verdad que sí? ¿Me ayudas a hacer todos los preparativos, Milk?”.

“¡Por supuesto! Cuando todo esté listo, le diré a Gohan que les avise. Además, tengo muchos deseos de ver cómo es ella. No me imagino cómo serán las mujeres namekuseijins”.

“Ni yo. Cuando estuve en Namek no vi ninguna. Tal vez estaban escondidas por el peligro de Freezer”.

“Eso seguro. Bueno, voy para allá apenas arregle a Goten”.

“Bien, entonces te espero”.

Bulma colgó el teléfono y se asomó por la ventana. “Qué extraño –pensó–. Sólo ahora me doy cuenta que no vi a ninguna mujer en Namek… hummm, y no recuerdo si había alguna entre los namekuseijins que revivió el Dragón… Bueno, de seguro que sí, si no, ya hubiese desaparecido la especie, ¿no?. Yo estaba muy preocupada por Goku, y la pelea que tenía con Freezer en ese momento, y de seguro por eso no puedo recordarlo. Sí, eso debe ser”.