Capítulo 3: “No es tan fácil…”


Tenía insomnio.

Me revolví en mi cama por enésima vez, tratando de dormir un poco, pero no podía. Deseaba tanto que ya fuera la hora de la cita. Acababa de verla apenas unas horas atrás y ya la extrañaba de nuevo. No entendía cómo pude soportar su ausencia los últimos meses, tal vez sobrevivía recordando una y otra vez aquel beso que me había dado cuando la conocí, o aquellos breves momentos en que la tuve entre mis brazos durante la batalla de Cell. En esa ocasión tenía mucho miedo de morir, pero no por la muerte misma, sino porque me hubiera pesado demasiado no volverla a ver. Y después quizás tenía un poco de esperanza de que me buscara luego de su “Ya nos veremos…” a modo de despedida en el templo.

Coloqué mis manos tras mi cabeza y observé el techo de mi habitación iluminado débilmente por las luces de la calle. ¿Qué estaría haciendo ella? ¿Dormía tal vez? ¿En dónde? ¿Y #17? Al parecer, él la había dejado sola. Muchas dudas daban vuelta en mi cabeza, pero tenía el presentimiento de que con el tiempo se aclararían. De una cosa estaba seguro: la amaba e iba a hacer todo lo posible porque me correspondiera.

Volaba rápidamente. Aún tenía tiempo, pero no quería llegar tarde. Deseaba con todo el corazón que 18 no faltara a la cita. Aterricé en el mismo lugar que la tarde anterior. Ella aún no llegaba, así que decidí sentarme en la roca frente a la cascada y esperarla. Acababa de hacerlo cuando una voz sonó a mis espaldas y me levanté como impulsado por un resorte. 18 salió de entre los árboles con los brazos cruzados y mirándome desafiante.

–Al fin estás aquí –expresó con enfado.

–Lo siento, no te ví. Pensé que aún no llegabas –logré decirle. No cabía de gusto. ¡No había olvidado la cita!

–¿Y bien? –preguntó, refiriéndose a nuestro trato.

–B-bueno, antes de empezar, quiero darte esto –presioné una cápsula que al expandirse materializó dos cajas. Yo tomé una que lucía un gran moño y se la extendí–. Es un regalo para ti. Espero que te guste.

Ella me miró, dudando si debía o no aceptar la caja que yo le ofrecía, pero tal vez su curiosidad natural la hizo decidirse y me la arrebató de las manos. La destapó rápidamente, encontrándose con una blusa y un pantalón de color azul claro y unos zapatos que hacían juego. Tal vez haya sido mi imaginación, pero me pareció percibir en su mirada algo de alegría que hizo cambiar por un instante su gesto inexpresivo.

–¿Te gustó? Espero haber acertado en la talla –le dije sonriendo un poco.

Ella me miró un instante y después a la ropa que sostenía en su mano. Su cara volvío a ser inexpresiva, pero eso no me desanimó.

–Es linda –comentó. Yo le sonreí aún más. Al menos le gustaba, aunque tratara de disimularlo–. ¿Qué tienes en la otra? –me preguntó señalando la caja de color claro que aún permanecía junto a mis pies.

–Ahh, esto es otro regalo, pero vamos a compartirlo. –Ella arqueó sus cejas algo confundida–. Son unos pastelillos que compré en un lugar que la mamá de una amiga me recomendó –le dije mientras levantaba el paquete y lo ponía sobre la roca. Al destaparlo, una docena de diferentes pastelillos aparecieron frente a nuestros ojos–. Traje uno de cada sabor. ¿Te gustaría probar? Son deliciosos.

–No necesito comer; mi energía es ilimitada, ¿recuerdas? –me dijo encogiéndose de hombros.

–Qué lástima, aunque te diré que yo los como aun cuando no tengo hambre o no los necesita mi cuerpo, sólo por gusto –afirmé mientras tomaba uno con grajeas de colores encima.

Ella volteó a verme. No sé si se le antojó, o su curiosidad era bastante grande que se acercó a la caja y escogió uno con mucha crema arriba. Lo mordió primero con desconfianza, después con verdadero gusto. En un rato los pasteles se terminaron y el fondo de la caja estaba cubierto tan sólo de migajas. Para entonces yacíamos sentados en la orilla del pequeño lago donde desembocaba la cascada.

Me sentía tan feliz que deseaba cantar, reír, bailar, todo a un tiempo. Mis ojos a cada instante se tornaban hacia ella que seguía sin moverse y mirando fijamente el agua, que caía sin interrupción. Deseaba con el corazón que el tiempo no pasara, pudiendo permanecer ahí eternamente, disfrutando ese silencio y su compañía. Ella de pronto se giró hacia mí y nuestras miradas se cruzaron.

–¿Por qué me salvaste aquel día, Krilin? ¿Por qué pediste ese deseo a ese extraño dragón? –me preguntó con un dejo de melancolía en su voz.

Yo me estremecí. Era la primera vez que me llamaba por mi nombre, y además las preguntas que me hacía no eran fáciles de responder.

–¿Acaso es la misma razón por la cual defendías a Goku cuando lo andábamos buscando para matarlo? –me preguntó con la mirada más intensa que le había conocido.

Esta vez fui yo quien desvió la vista hacia las cristalinas aguas.

–No, 18. Es una razón aun más poderosa… En el templo me escuchaste decir que me gustabas, pero ahora sé que yo… TE AMO…

 

Quiéreme como yo te estoy queriendo.

Siente lo que estoy sintiendo. Quiéreme.

Quiéreme, pues la vida me he pasado

esperándote a mi lado. Quiéreme…

 

Aquella confesión había salido desde lo más profundo de mi alma, no sabía lo que pasaría en adelante, pero al fin se lo había dicho y aunque más pronto de lo que tenía planeado, no podía dar marcha atrás… Ahora todo dependía de ella.

18 se levantó de inmediato al escuchar lo que le había dicho. Me pareció que estaba algo perturbada, porque sus ojos y sus labios temblaban un poco y luego de mirarme intensamente emprendió el vuelo antes que pudiera reaccionar. Traté de seguirla, pero volaba demasiado rápido y en unos momentos la perdí de vista.

Decepcionado, regresé al lugar en donde habíamos estado. Me dejé caer sobre la hierba. Todo echado a perder por mi imprudencia. Mis emociones me traicionaron, y en lugar de inventar cualquier otra respuesta a su pregunta, le había confesado sin más ni más mis sentimientos. ¿Cómo se me había ocurrido que me diría que también me amaba? Ella no era como cualquier otra mujer, era especial, demasiado especial para siquiera entender lo que era AMAR. ¡Estúpido, ingenuo!, exclamé, golpeando con rabia la hierba a mi alrededor como si fuera la culpable de mi sufrimiento.

Volé de regreso hacia la ciudad. Creo que jamás me sentí tan derrotado. Una desilusión más, pero estaba seguro que de ésta me sería mucho más díficil sobreponerme. Marron sólo me había deslumbrado por su extraordinaria belleza, su simpatía y jovialidad. Había creído amarla… Pero con 18 era diferente, desde que la había visto sentí claramente cómo un lazo inexplicable me unía a ella. No la conocía, pero ansiaba saber todo de ella. Sólo habíamos intercambiado unas cuantas palabras, y me parecía conocer todas sus expresiones… mas no así sus sentimientos.

–Yo sólo quería un poco de ti… –murmuré mientras secaba mis lágrimas para poder ver por dónde volaba.