Capítulo 2: “Un encuentro inesperado”

Que tu cariño no sea fugaz… Jamás
sin ti no habría encontrado esta paz… Jamás
que me da calma y acaricia mi alma
que no me falte jamás…

En contraste total con el silencio y la calma que hacía apenas una hora antes la ahogaba, la ciudad era un constante movimiento, muchas personas caminaban de un lugar a otro deprisa jalando niños, cargando cosas y empujando a quien se interpusiera en su loca carrera. Milk sonrió dentro del auto detenido en aquel semáforo, miraba todo con curiosidad. Tenía mucho tiempo sin ir a la ciudad, casi un mes, y siempre que iba por ese lugar era para hacer las compras, siempre corriendo para llegar a preparar comida y fregar los platos. Ahora era diferente, nadie la esperaba en casa, ni tenía que llegar a una determinada hora. El sonido del claxon de varios aerocoches acompañados de gritos no muy amables la hicieron arrancar de nuevo. Manejó por algunas calles más, despacio, sin prisa, disfrutando esa pequeña libertad.

Un momento después, se detuvo en lo que era el corazón de la ciudad. Era una zona comercial rodeada de restaurantes y muchos negocios que ofrecían una diversidad enorme de productos. Se bajó del auto y después de encapsularlo lo echó en la bolsa de su saco y comenzó a andar. Se detenía en casi todos lo aparadores observando con detenimiento cualquier cosa que le llamara la atención, cosas que en otras ocasiones hubiera tachado de frívolas y tontas, pero que ahora le parecían… lindas. El día le parecía hermoso a pesar que algunas nubes comenzaban a ocultar los rayos del sol, y el cielo en lugar de azul comenzaba a pintarse de un gris muy oscuro. Después de caminar un poco más, su estómago exigió alimento. Decidió meterse en el primer restaurante que encontrara. El elegido fue uno pequeño y muy agradable.

Milk pasó su vista por el lugar, su decoración era sencilla y el ambiente era acogedor. Aunque la mayoría de las mesas estaban ocupadas, descubrió una libre cerca de la ventana. Ahí se dirigió e inmediatamente después una muchacha con un mandil blanco y con libreta en mano se acercó a ella.

–¿Qué va a querer, señora? –preguntó la chica amablemente.

–Sólo el menú del día –contestó Milk.

–¿Algún postre?

–Una rebanada de pastel –respondió. Ni siquiera sabía porqué, pero en ese momento se le antojaba terriblemente.

La chica se alejó y Milk volvió a inspeccionar el lugar. Se dio cuenta que era la única que comía sola, todas las demás mesas estaban ocupadas por dos o más personas. Cerca de ella estaban dos mujeres, quizás de su misma edad, que comían animadamente y entre bocado y bocado charlaban y se reían.



Que no me falte tu cuerpo jamás… Jamás

tus risas, ni tus silencios jamás… Jamás

que no me falten tus besos jamás… Jamás


Miró por la ventana. La gente no dejaba de pasar y la luz del día comenzaba a opacarse por las nubes que habían cubierto por completo al astro rey. Echó su cabello hacia atrás de sus hombros y sus dedos siguieron el bordado de flores amarillas del impecable mantel que cubría la mesa. La muchacha llegó con su orden, sacándola de sus pensamientos. Colocó el humeante plato con sopa sobre la mesa y después se alejó. Milk sonrió tristemente, su idea no había funcionado a pesar de la gente y el murmullo de voces que la rodeaba. Estaba comiendo SOLA, como lo hubiera hecho en su casa. Comió lentamente, saboreando aquella comida que, aunque no demasiado sazonada, era buena. Al terminar, la mesera apartó los platos y le llevó una rebanada de pastel de chocolate. Milk asintió para agradecer a la muchacha y luego observó la golosina frente a ella, tenía una cubierta blanca con grageas de colores, partió un poco y cuando lo llevaba a su boca la conversación de la mesa vecina le llamó la atención.

–…Sí, como te decía, fue mejor así, ya estaba harta de que todos me miraran como un cero a la izquierda –dijo una de las mujeres, en tanto le daba otro sorbo a su taza de té.

–¿Y no los extrañas? –preguntó su acompañante.

–¿Extrañar qué? Sólo sabían que existía cuando necesitaban algo. Mi hijo mayor suele pasársela en las discotecas y mi hija sólo piensa en el novio. Mi ex-marido se iba muy temprano y no regresaba hasta muy tarde, así que no extraño en nada esos días limpiando y recogiendo el tiradero que dejaban. Además, siempre estaba sola, comía sola… cuando me casé, dejé de frecuentar a mis amistades. Ahora, ya ves, salgo y me divierto… Soy libre de nuevo –dijo con alegría.

–Bueno, tengo que admitir que hasta luces más joven –aseguró la otra mujer y después ambas rieron.

–Sabes, mi teoría es que la rutina mata el amor. Creo que eso fue lo que pasó en mi vida.

Milk ya no volvió a probar el pastel, al escuchar esas palabras el sabor dulce se había convertido en amargo. ¿Acaso eso era lo que le esperaba?, se preguntó, porque si no, eran unos síntomas muy parecidos… quizás. Vio a las dos mujeres levantarse y salir del restaurante sonriendo. No, eso podía ser. Una parte de ella se negaba a pensar en todo ese asunto y otra parte, una negativa, la trataba de poner alerta en aquello de quedarse sola.

Salió del restaurante un rato después, sus ánimos iban por el suelo, ahora todo lo miraba oscuro y el aire que anunciaba la pronta llegada de la lluvia le parecía más frío. Se arrepintió de no haber llevado su ropa de siempre, ésta era muy ligera, se arrepentía de haber salido de su casa. El viento comenzó a hacerse más fuerte y alborotaba su cabello suelto, tal vez eso, o las lágrimas que llenaban sus ojos, provocó que chocara contra alguien.

–Perdón… –murmuró ella, echando su cabello hacia atrás. Ni siquiera sabía por qué era que lloraba.

–No importa –dijo una voz masculina.

Milk levantó la vista y la fijó en aquella persona. Aquel hombre la miraba con detenimiento, y un segundo después la expresión de él se iluminó con una amplia sonrisa.

–¡Milk, eres tú, no puedo creerlo! –exclamó él sin dejar de sonreírle.

Ella lo observó con detenimiento; creía reconocerlo, pero no recordaba de dónde. Él usaba bigote y un traje muy elegante. Además, su cara era agradable y le era… ¿familiar?

–Veo que no te acuerdas de mí, ¿ehh? Soy Tamy… Tamy Okasaki –dijo él al fin.

Ese nombre lo relacionó con aquel viejo amigo, que vivía muy cerca de la aldea de su padre Ox Satan. Milk extendió su mano hacia él, que enseguida estrechó la pequeña mano de ella entre las suyas.

–No sabes el gusto que me da verte, Milk –dijo Tamy.

–Y-yo… Disculpa por no recordarte, pero con el bigote, pues…

–En cambio, tú sigues igual –le cortó él.

Milk iba a darle las gracias por su comentario cuando algunas gotas comenzaron a caer sobre la ciudad, la cual parecía que había detenido su movimiento, ya que ahora sólo unas cuantas personas caminaban por las calles.

–¡Oh, no!, está lloviendo. Pero por favor, acepta tomar un té conmigo –dijo él señalando un pequeño lugar cerca de ellos.

Milk se iba a rehusar, pero la frescura de la invitación, aunado a que a ella también le daba gusto ver a ese amigo del pasado, la convenció, y con pasos rápidos entraron al lugar, ya que ahora la lluvia caía con más fuerza. El café era mucho más grande de lo que parecía por fuera y a causa de la prematura oscuridad que reinaba en el exterior, tenía todas las lámparas de las mesas encendidas. Milk se sentía más calmada… un poco más animada.

–Apuesto que te gustan los lugares cerca de la ventana –comentó él, mirándola.

–Sí, creo que sí –respondió Milk.

La condujo hasta la mesa que más cerca estaba de la ventana y cortésmente le ofreció una de las sillas. Milk se sorprendió un poco con aquel gesto de caballerosidad y, sentándose, sólo atinó a decir un “gracias”.

–Por un momento pensé que no aceptarías mi invitación –comentó él–, pero me alegro que lo hayas hecho.

–Siempre es bueno encontrar a los amigos –dijo Milk esbozando una leve sonrisa.

–Veo que te casaste –comenzó él, fijando la mirada en el pequeño anillo dorado en la mano de Milk–. ¿El afortunado fue aquel peleador de las artes marciales? –preguntó con un ligero aire de reproche en su voz.

–Sí, ¿pero cómo lo supiste? –preguntó Milk sorprendida, ya que a Tamy no lo había visto desde antes del torneo donde se comprometiera con Goku.

–Yo… asistí a ese torneo, y para todos los presentes fue una sorpresa que después del combate, los antes enemigos se comprometieran en matrimonio… Pero creéme que el más sorprendido fui yo, nunca imaginé que tú lo encontrarías. Quizás yo guardaba una pequeña esperanza –murmuró lo último para él mismo.

–Entiendo –le dijo Milk–. Nadie creía que Goku estaría ahí, hasta mi padre trató de impedir que participara, pero yo sabía que Goku cumpliría su palabra.

–Sí, cada vez que yo intentaba hablarte, me decías que estabas comprometida, por eso nunca me aceptaste. Además, creo que jamás hubiera podido vencerte, siempre fuiste la mejor peleadora de la aldea y con eso de que deseabas a un marido muy fuerte, pues yo no tenía oportunidad –dijo él sonriendo tristemente.

–¿Y tú te casaste? –preguntó Milk, tratando de desviar las preguntas hacia él.

–Sí, pero no funcionó. Preferimos separarnos, ahora somos buenos amigos.

El mesero llegó a pedirles la orden; sólo tomaron dos tazas de té caliente y siguieron conversando. En tanto él endulzaba su bebida, Milk lo observaba. Él había cambiado mucho desde la última vez que lo viera, ahora estaba más alto, y aunque su voz no había cambiado mucho de como la recordaba. Sus ademanes eran distintos; además, ese bigote y el traje de ejecutivo que llevaba lo hacían verse muy diferente al jovencito sencillo de la aldea.

–Sabes, Milk, fue una suerte muy grande que te encontrara hoy. Me alegro haber escapado de mi aburrido hotel para caminar a pesar de la amenaza de lluvia.

Milk volteó a la ventana, afuera la lluvia se había convertido en una auténtica tormenta. ¿Qué estarían haciendo Goku y los chicos? ¿Estarían protegidos de la lluvia? ¿Pensarían en ella? El agua salpicaba la ventana formando infinidad de pequeñas gotas que llegando a cierto tamaño escurrían formando líneas irregulares…

–¿Milk? ¿Te ocurre algo? –preguntó.

–Oh, lo siento, estaba distraída –contestó ella mirándolo de nuevo a la cara.

–Bueno, y dime, ¿por qué llorabas hace un momento? ¿Tienes algún problema?

Ella le miró a los ojos con una expresión de total desconcierto… Se había dado cuenta de aquellas lágrimas tontas que no sabía ni porqué derramara.

–Y-yo, no lloraba –dijo desviando los ojos hacia las sombras que formaban sus manos sobre la mesa.

–Vamos, Milk, nunca has sido buena para mentir. Claro que si no quieres decírmelo, lo entiendo.

–No, no es eso, lo que pasa es que son tonterías mías.

–Nada que venga de ti será tonto –murmuró él poniendo sus manos muy cerca de las de ella.

–Olvídalo, no tiene caso hablar de eso –dijo Milk alejando sus manos hasta la aromática taza de té.

–Sí, tienes razón, no vamos a hablar de cosas tristes después de tantos años sin vernos.

–Es verdad, muchos años. ¿Y qué has hecho todo este tiempo?

–Soy empresario. Después de algunos años de aquel torneo, me asocié con unos amigos y compramos una planta ensambladora de aerocoches. Actualmente es una de las más grandes.

–Tu trabajo debe ser sumamente interesante.

–Al principio, pero luego es demasiado aburrido. Sabes, Milk, es horrible tener dinero y no tener con quién disfrutarlo. El amor, una familia, hijos, eso sería mi mejor recompensa después de un día de trabajo…

Él hablaba poniendo énfasis en cada una de sus palabras. De pronto Milk, había notado su voz con un dejo de tristeza y sus ojos antes brillantes se opacaron de pronto.

–Además, estoy harto de viajar por todo el mundo arreglando asuntos de la empresa, saludando a personas que ni siquiera conozco para arreglar asuntos de fusiones, ventas, contratos y demás. Lo único que me agrada de este viaje es el hecho de haberte encontrado.

Ella guardó silencio al escuchar esas palabras. Ahora que lo pensaba con calma, era cierto, una familia era todo… El amor era todo… Goku, Gohan y Goten eran su vida y aunque en ocasiones ellos no hicieran lo que ella quería, los amaba y la amaban. De pronto entendía que a los ojos de otras personas su vida podría parecer tonta, aburrida y sin sentido, pero nadie sabía los pequeños detalles que hacían que su existencia fuera como una gran aventura. Un “mamá”, un roce de manos, unos dedos jugando en su cabello, hacían que su vida fuera feliz.

–No te sientas triste, estoy segura que algún día encontraras el verdadero amor y tendrás a esa familia que tanto deseas –dijo Milk tratando de animar a su amigo, que sin querer la había animado a ella.

–Gracias, Milk –dijo él recuperando el brillo de sus ojos y su amplia sonrisa.

Ella le devolvió la sonrisa, se sentía como si se hubiera quitado un gran peso de encima, y aunque afuera todavía las nubes permanecían cubriendo el cielo, en su propio cielo Milk veía el sol radiante.

Continuaron platicando, ambos recordaban anécdotas de aquella adolescencia que ahora, como personas adultas, veían algo lejana. Él la hizo reír varias veces al hacerla evocar situaciones graciosas que Milk ya ni siquiera recordaba. Fueron varias tazas de té las que desfilaron por su mesa y el tiempo transcurría sin que ninguno lo notara. Hasta que Milk volteó hacia la ventana y se dio cuenta que las luces de la ciudad estaban completamente encendidas, y en el cielo la luna se asomaba entre las nubes que el viento comenzaba a arrastrar hacia otras partes.

–Creo que me tengo que ir –comentó ella.

–¿Tan pronto? Por favor, quédate un poco más.

–Lo siento, ya es muy tarde –dijo Milk levantándose de la mesa.

–Acompáñame a cenar –suplicó él.

–Me gustaría, pero no puedo.

–Está bien, pero no te niegues a comer mañana conmigo.

–Yo…

–Vamos, no conozco a nadie en esta ciudad… Sólo a ti –la interrumpió él.

–Pero…

–Mañana me voy, quisiera poder despedirme de… una amiga… Como si le importara a alguien –insistió él mirándola.

–Está bien –accedió Milk, convencida ante la actitud y los argumentos de Tamy.

–¿Te parece bien que sea aquí… a las dos?

–Sí, creo que está bien…

Milk manejaba el aerocoche entre los árboles; ya se encontraba muy cerca de su casa. A lo lejos observó las luces que ya se habían encendido de forma automática. Descendió del auto y sintió el ambiente cargado de humedad, la lluvia había caído con fuerza también ahí. Entró a la silenciosa casa y se dejó caer en el sillón de la sala. Estaba muy cansada, había manejado mucho y no estaba acostumbrada a ello. Un escalofrío la recorrió por completo, afuera la temperatura bajaba a causa de la lluvia. Encendió la chimenea con algo de trabajo, después de todo, Goku o Gohan siempre la prendían cuando era necesario.

Se recostó sobre el mullido sofá, y mientras la habitación se comenzaba a calentar, se deshizo de sus zapatos; luego centró su vista en las brillantes llamas que se ondulaban irregularmente frente a sus ojos, y casi sin sentir, se quedó dormida…