Capítulo 2: “El trato…”


Algunos kilómetros adelante se observaba el bosque y yo sentía claramente cómo mi corazón latía desbocado, las manos me sudaban y en mi mente trataba de encontrar las palabras correctas para hablarle. Ni siquiera cuando iba a pelear con los enemigos más poderosos me encontraba tan nervioso y asustado, pero a pesar de todo, en mi alma sentía una gran emoción: ¡la volvería a ver!

Unos minutos después, luego de repasar cientos de frases con las cuales saludarla, descendí en un tupido bosque. Tratando de animarme, caminé sin un rumbo específico entre los árboles que, tan frondosos, en ocasiones me cerraban el paso. Al rodear uno que era casi del doble de cualquiera, por fin la encontré.

Estaba sentada en una roca, mirando atentamente una cascada que caía desde un peñasco de regular tamaño. Desde donde me encontraba pude observar claramente su delicado perfil y su cabello que caía revuelto sobre su cara. Con un lento movimiento lo acomodó tras su oreja, pero, rebelde, volvió a su sitio otra vez. Hubiera dado cualquier cosa por saber qué pensaba.

Ya no puedo regresar atrás

y olvidar esto que siento.

Sólo mírame un momento,

dime que nunca me dejarás

por fuertes que sean los vientos.

Estaba tan cerca que con sólo dar unos pasos la tendría junto a mí, pero algo me impedía acercarme, siempre mi estúpida timidez. De pronto, ella se levantó, reunió un pequeño rayo de energía en una mano y lo lanzó hacia la cascada, haciendo que el agua saliera disparada en todas direcciones para que después volviera a su cauce normal.

–¡Al demonio con eso! –exclamó y comenzó a caminar en dirección contraria a donde yo estaba. Era hora de intervenir, estaba molesta con algo, pero si no le hablaba ahora tal vez se marcharía y la próxima vez Kamisama ya no me ayudaría a encontrarla después de mi ‘amable despedida’.

Entonces ella se paró en seco y volteó exactamente a donde yo me encontraba. Nuestras miradas se fijaron por un instante, en sus ojos se apreciaba claramente la sorpresa y entreabrió la boca tratando de decir algo, o al menos eso me pareció.

Lucía tan hermosa como la última vez que nos vimos, aun a pesar de que su cabello estaba un poco revuelto y su ropa algo maltratada.

–¡¿Qué haces tú aquí?! –me preguntó con un tono de voz que no supe definir.

–Y-yo, bueno… ¡Hola, 18! –Qué bien, tantas frases que traía preparadas y todo para decir lo más común, pensé–. Sólo deseaba saber cómo te encontrabas y… –le dije, logrando artícular unas palabras.

–¿Y por qué debía interesarte eso a ti? –me interrumpió cruzando sus brazos sobre su pecho.

–Es que… Es que… después de todo este tiempo no he sabido nada de ti y pensé que tal vez…

–Si quieres que te agradezca el haber pedido a ese dragón mágico que desapareciera la bomba de mi cuerpo, como te dije antes estás muy equivocado. Yo no te pedí que lo hicieras.

–No es eso, sólo deseaba saber si estabas bien…

–Lo estoy. ¿Acaso no lo ves?

–Uno puede estar bien físicamente, pero con el alma destrozada, los sentimientos confundidos y la mente revuelta –atiné a decirle mientras fijaba mis ojos en los de ella tan claros. Precisamente eso era lo que me ocurría a mí en esos momentos.

–No tengo alma, ni sentimientos y mi mente no está programada para revolverse –me contestó friamente, apartando su mirada.

–¿Cómo sabes que no tienes alma ni sentimientos? Eres humana, ¿o no?

–Lo fui hace mucho tiempo… pero ya lo olvidé.

–Lo que eres nunca lo olvidas. Puedes tratar de esconderlo, ocultarlo o maquillarlo, pero siempre está ahí contigo… aunque no lo quieras –le dije elocuentemente.

–Bonitas palabras, pero no lo creo –comentó sarcásticamente.

–Es la verdad y puedo comprobártelo –dije mientras en mi mente, bastante revuelta, comenzaba a formarse una idea.

–¿Y cómo, si se puede saber? –me preguntó dejando un poco aquella pose defensiva.

–Muy fácil, con algo de tiempo y… un trato. Claro, si es que lo aceptas –le dije, pretendiendo despertar su curiosidad.

–¿Qué clase de trato? –me interrogó, mirándome de nuevo a la cara. Yo tenía que decir algo y rápido.

–Durante un mes, tú y yo nos veremos aquí a la misma hora que hoy y estoy completamente seguro que te darás cuenta que tienes un alma y sentimientos al igual que todos.

–¡Bah! ¿Y qué ganamos con eso?

–Saber quién tiene la razón –le dije extendiéndole mi mano; ella, después de dudarlo un poco, hizo lo mismo y luego emprendió el vuelo. Yo sonreí. Al menos era un comienzo.

Cerré mi mano. Todavía me parecía sentir la suave textura de su piel y su calor… No era del todo un androide…