Capítulo 1: “Recuerdos…”

Que no me falte tu cuerpo jamás… Jamás
ni el calor de tu forma de amar… Jamás
ni la ternura de tu despertar
que no me falte jamás… Jamás…

Las manecillas del reloj casi marcaban las 11:30 a.m. en el distrito 439 del Este. La montaña lucía un poco nevada en la punta y a lo lejos los árboles que la cubrían semejaban una alfombra de suave terciopelo verde. Un lago cercano reflejaba esa linda imagen como si la montaña fuera una mujer vanidosa mirándose en un espejo.

Cerca de ahí, en una sencilla pero acogedora casa, una mujer realizaba sus actividades diarias, caminaba de un sitio a otro acomodando, limpiando y recogiendo el desorden reinante en la casa. Se sentía un poco melancólica a pesar de estar acostumbrada a estar sola por la mañana, pero después de todo el ajetreo de unas horas atrás, la casa le parecía más silenciosa que nunca. Luego de ordenar un poco la sala, se dirigió a la cocina. Ya tenía que comenzar a preparar la comida, aunque claro, hoy no cocinaría para sus tres saiyas como siempre; sólo para ella. Mientras picaba algunas verduras para la sopa, por su mente pasó el día anterior durante la comida.


–¡Esto está delicioso, Milk! –exclamó Goku, con la boca llena del riquísimo guisado.

Ella sonrió. A pesar de escuchar siempre la misma frase, le agradaba saber que a él no se le olvidaba halagarla de esa manera. Después de todo, siempre que cocinaba para su familia lo hacía sabiendo lo mucho que disfrutaban los alimentos que ella preparaba.

–Mamá, mañana es el día del viaje –dijo Gohan mientras le extendía a su madre el plato para que le sirviera más.

–¿Qué viaje? –preguntó Goku, haciendo lo mismo que su hijo.

–El viaje de la escuela –aclaró Milk–. ¿Acaso no recuerdas que Gohan nos comentó de eso la semana pasada?

–¡Oopsss!, lo había olvidado –exclamó Goku, colocando su mano tras la cabeza.

–Sólo será una semana. Volveremos el viernes en la noche –dijo Gohan entre bocado y bocado.

–Yo también saldré –comentó Goku–. Picoro y yo practicaremos una nueva técnica, quizás también vuelva hasta el viernes.

–¡¿En serio, papá?! ¡Yo quiero ir contigo! –exclamó Goten lleno de entusiasmo ante la idea de aprender una técnica que presumirle a Trunks.

–Pero… Goten… la escuela –dijo Goku mirando a Milk, esperando su característica reacción.

–No hay problema, papá. Hoy fue el último examen, no sabré las calificaciones hasta la semana próxima –explicó el niño mirando suplicante a sus padres–. ¿Verdad que no hay problema, mamá?

Milk guardó silencio. ¡Una semana!, ¿qué haría ella en esa semana?… Sin querer, notó que su vida giraba en torno de su familia, no había más. Un estremecimiento involuntario la recorrió por completo. Además, se sintió un poco molesta. TODOS hacían planes sin que ella formara parte… ¿Acaso sería que se estaba volviento demasiado posesiva o en serio estaba siendo ignorada?

–¿Verdad que puedo ir, mamá? –volvió a preguntar el chico, sacándola de sus pensamientos.

–Ehhh… Sí, claro que puedes ir –contestó Milk en voz baja.

–¡Síii! –exclamó el niño sonriendo.


Milk destapó la humeante olla y con cuidado vació las verduras. En un momento la casa se inundó con un delicioso aroma. Sonrió pensando que si cualquiera de sus chicos o Goku anduvieran cerca, ya estarían junto a ella pretendiendo ver qué es lo que cocinaba.

Subió con desgano las escaleras y se detuvo en el pasillo cuando se tropezó con una camiseta de Goten. El pequeño era un descuidado, en cambio, Gohan siempre mantenía todas sus cosas en orden. A veces pensaba lo diferentes que eran sus hijos; uno tan tímido y cuidadoso y el otro tan intrépido como un torbellino; sólo tenían en común su sencillo corazón y aquella ingenuidad tan característica de… Él. Sí…, Goku tenía, a pesar de su edad, el alma tan limpia, pura e inocente como la de un niño. Ahora que lo pensaba con calma, sus hijos no se parecían a ella mucho… Quizás porque la sangre de sayayin era demasiado fuerte…

Tratando de mantenerse ocupada mientras estaba la comida, decidió limpiar un poco el armario. Lo tenía de verdad descuidado, ni siquiera recordaba la última vez que había hecho una limpieza a profundidad en aquel lugar. Comenzó a descolgar la ropa de ella y de Goku. En un momento el armario quedó casi vacío, sólo en el fondo de la estructura de madera quedaban unos cuantos ganchos con ropa colgada. Milk se encontraba un poco sorprendida por aquellas prendas que ya ni siquiera recordaba que las poseía. Las sacó y las colocó sobre la cama; sin querer sonrió con nostalgia al recordar su ropa de cuando era una jovencita. De todas las prendas destacaba una que por su tela y confección era muy hermosa.

Un suspiro escapó de su garganta al tocar la suave tela color azul. Era un vestido sencillo desmangado y de cuello alto que hacía juego con un saco de bolsas pequeñas. Casi por inercia se lo puso enfrente y se giró hasta quedar ante el pequeño espejo del tocador. Recordó cuando lo había usado la última vez, aquella noche en que Goku y ella habían ido a cenar para festejar la noticia que su amor rendía frutos y un bebé venía en camino. “Quizás ya no me queda”, murmuró Milk mientras lo volvía a colocar sobre la cama, pero en el último momento lo tomó de nuevo y sacándose el vestido que en ese momento llevaba, se lo puso y con curiosidad se observó detalladamente.

“Aún me queda bien”, se dijo mirando su imagen en el espejo… Sí, a pesar de los dos embarazos y de los años, la prenda se dibujaba en su cuerpo a la perfección. Se acercó aún más al tocador y fue cuando notó la pequeña mancha sobre su pecho. Aún cuando había intentado todo para que desapareciera por completo, seguía ahí como prueba de aquel accidente de Goku con la salsa china; acarició con suavidad la mancha como si se tratase de algo muy valioso y sonrió al recordar la preocupación de él cuando salpicó su vestido durante la cena en aquel restaurant hacía ya muchos años.

Se puso el saco, y al cerrar todos los botones la mancha se simuló muy bien, eso mismo le había dicho a él para que ya no se preocupara. “Olvídalo, Goku. Si me pongo el saco, la mancha no se nota”. Lo cierto es que aquella noche la invadía una felicidad tan grande que deseaba que todo el mundo fuera tan feliz como ella. Además, cómo podía molestarse con Goku si él era parte de su dicha. ¡Cielos, habían sucedido tantas cosas desde entonces! Muchos momentos felices, tristes, amargos…

Milk sacudió su cabeza y trató de situarse de nuevo en la realidad. Fijó su mirada otra vez en el espejo, lo cierto es que se sentía muy cómoda con aquella ropa, por un momento quiso creer que era aquella noche llena de dicha. Se soltó el cabello… Él muchas veces le había dicho que prefería verla con el cabello suelto, pero desde hacía ya varios años lo atrapaba en aquél peinado alto, ya que era más fácil hacer las labores domésticas sin que su largo cabello le estorbase. Concluyó que era cierto, su cara se miraba mejor enmarcada en aquel manto negrísimo. Cerró los ojos tratando de imaginarse los dedos de Goku enredándose en su cabello como solía hacerlo por las noches antes de dormirse. Esos recuerdos la llenaban de dicha, cubrían otros llenos de dolor por despedidas y muertes repentinas.

Abrió la ventana para que el aire fresco entrara a la habitación y se recargó en el marco. El olor a flores y hierba húmeda inundó el ambiente. Observó el valle que se extendía frente a ella, ¡todo era perfecto!. Levantó la vista hasta la montaña que servía de fondo al pequeño bosquecillo y notó que la punta estaba cubierta de nieve, ¡adoraba la nieve! Quizás cuando todos volvieran le diría a Goku que la llevase hasta la punta y recordando un poco su infancia haría bolas de nieve y se las lanzaría a él a la cara… Un nuevo suspiro escapó de su garganta, era tonto, pero hacía tanto tiempo que no observaba de esa manera el hermoso lugar donde vivía, ya que entre lavar, cocinar, recoger y cuidar las notas de dos hijos, apenas le quedaba tiempo para nada.

Dejó la ventana y se encaminó hacia su vestido que descansaba sobre una silla, comenzó a desabotonar el saco cuando un olor peculiar llegó hasta la habitación. Era un aroma fuerte, penetrante y amargo… ¡olía a quemado! Casi corriendo bajó las escaleras y entró a la cocina, ésta se encontraba llena de humo que salía de una olla sobre la estufa. Rápidamente apagó el fuego y colocó la humeante olla sobre el fregadero. Miró la que sería su comida totalmente carbonizada. “¡Qué tonta soy, nunca me había pasado esto!”, exclamó molesta con ella misma. Ahora, si quería comer tendría que volver a preparar todo de nuevo. Volteó al reloj que estaba en la pared, un poco sorprendida vio que casi daban las dos de la tarde. Salió de la cocina un poco desanimada… el silencio la ahogaba. Se dejó caer sobre uno de los sillones de la sala. Su mano se topó con uno de los lápices de colorear de Goten… Ahh, ¿por qué se sentía tan triste? Creía estar acostumbrada a estar sola, pero no era así. Era extraño, de un tiempo a la fecha, esas depresiones se hacían más frecuentes, ¿era acaso que estaba volviéndose vieja?, ¿o sólo eran tonterías propias? De pronto, de su mente surgió una idea que, aunque algo loca, la hizo levantarse y dirigirse a su cuarto. Entró e, ignorando el desorden que existía y que nunca había visto con tanta indiferencia, abrió el último cajón del tocador y en el fondo de éste encontró aquella tarjeta de crédito que su padre le había dado hacía mucho tiempo y que nunca había usado, la tomó y luego sacó una cápsula de otro cajón. Se miró en el espejo, sólo se limitó a cepillar su cabello un par de veces. Salió de la casa y después de cerrar expandió la cápsula, abordó el sencillo aerocoche y echó una última mirada a su pequeña casa… Ellos se habían ido, pero ¿por qué no hacer de aquella semana unas pequeñas vacaciones?… Tal vez ella también las merecía…